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Modistería arreglos y confecciones Los Milagros

María Cecilia Barbetta (2008)

Capítulo I

Antes de que la tía Milagros pudiera articular una palabra de despedida, Mariana cuelga el bolso de tela sobre su hombro izquierdo y deja la modistería pasando de una los dos últimos escalones.

En la calle ya es como si fuese otra. Estimulada por un determinado oscuro sentimiento de confianza, enfoca el mil ciento cincuenta. En la esquina Gascón con Potosí da ella el uno, dos, tres, cuatro, cinco, pasando el quiosco, seis, siete, le pone cuidado al conteo de sus pasos y al tiempo que vuela. Mariana-administradora del tiempo, da pasos más grandes que los de ayer y de los de anteayer, sus piernas se hacen largas y mas largas, mientras que ella acorta los minutos que necesita para poder llegar con el paso mil ciento cincuenta a la casa en Castro Barros entre la avenida Rivadavia y Don Bosco.

Al frente del convento de Santa Teresa de Jesús se abotona la chaquetita azul celeste, hecha por ella misma, dirige su mirada al empedrado, a las muchas piedras castañas, asimétricas, y tiene que resistir a la tentación de contarlas. Preocupada porque el conteo del sus pasos se confunda en el de las piedras, mira sus sandalias blancas. Precisamente en ese mismo segundo repica la campana de la torre en la edificación con el número 449, una inclinación rápida y logrando un ritmo perfecto combinando su mano derecha con el avanzar de sus pasos, Mariana hace la señal de la cruz, en el nombre del Padre, treinta, y del Hijo, treinta y uno, y del Espíritu Santo, treinta y dos, con el amén y el treinta y tres se lleva el pulgar a la boca dándole un beso. Poco antes de dar el siguiente paso piensa en la muerte dolorosa de Jesús en la cruz, en los clavos que atraviesan sus muñecas y tobillos, en las innumerables espinas en su cabeza de mártir, por su propia cabeza pasan plegarias como logotipos de propaganda luminosa: Crucificado, muerto y sepultado / Habiendo descendido hacia al reino de la muerte / En camino por una ciudad grande como Buenos Aires, hay que poner cuidado, por la cantidad de carteristas, por las perrunas que hay que esquivar frecuentemente para no pisarlas, por los chicles ya que uno se podría quedar pegado en ellos, está dicho que hay que poner mucho cuidado, también con esos hombres indeseables que te quieren levantar la falda. Una mismo podría, por descuido, pisar el pie o el gabán de una anciana o colisionar con otro transeúnte soñador que esté tambien callejeando, podría resbalarse o trastabillar por la raíz de un árbol o por la tapa de una alcantarilla, que también son peligrosas.

Cuando Mariana era pequeña, caminaba de la mano de su madre. Carmen recogía todos los días a su hija de la guardería después del trabajo. Una vez llegadas al paradero del bus número 160, Carmen buscaba en su tintineante bolso por el pequeño portamonedas marrón y luego en ese pequeño monedero marrón por monedas para dos billetes de a setenta centavos. Entretanto Mariana se ocupaba de matar babosas. Una infinidad de babosas negras y asquerosas, una plaga difícilmente controlable en un radio de cincuenta centímetros. Asi lo veía Mariana y por eso su pie pequeño no podía estar tranquilo, se movía continuamente hacia arriba, hacia abajo, de una forma mecánica sin dar pausa, pero perseverante hasta que escuchó un primer llamado de atención apacible de su madre que decía: “Mariana, el bus está llegando, por suerte, nos vamos !“ Mariana se molesta con ese anuncio, se pone nerviosa y mientras el 160 se acerca, la sistemática de su trabajo que aún no ha terminado, se despelota. Lo que en aquel entonces laboriosamente eliminaba Mariana no eran babosas propiamente dichas, era la preocupación de ella por una paz interna y por la tranquilidad del mundo. El andén estaba agujereado en un sinnumero de puntos que obedecían a un plan inexplicable, en ellos se abría un mundo bajo la superficie, maloliente, cuyas entradas – aunque bien visibles – estaban todas tapadas.

En cada una de esas pesadas tapas de alcantarilla incrustadas en la vereda, se arqueaban, como una especie de adornos, pequeñas superficies negras de la misma forma y tamaño que la de la babosa. En los ojos de esa niña de cuatro años eran realmente babosas, babosas iguales a esas que veía los domingos, en la Plaza Almagro, pegadas en su rodadero preferido, el rodadero rojo, donde los moluscos dejaban tras de sí huellas pegajosas, marcando su camino sin meta, las que Mariana, en un acto de sacrificio y con un poco de asco, en su camino disparado hacia abajo y de una las borraba. Pero luego nuevamente todo se remontó hacia arriba. Después de que la madre se había subido al bus, después de haber comprado los billetes y haberla llamado sin que ella hubiera la hubiera escuchado, bajó los peldaños, tomó su mano pueril y sacudió de tal forma que Mariana por poco pierde equilibrio. Era como una sensación de hacer volar cometas, hasta que Mariana – cazadora de babosas – terminó en el primero asiento libre del 160, teniendo presente la derrota, el no poder dejar eso, a pesar de las llamadas insistentes desde el bus, por parte de su madre, esa lucha interminable de Mariana contra esas babosas malas, fofas, sobre todo contra su demostrada desnudez pringosa. La niña hubiera preferido permanecer en la vereda y librar su guerra hasta el final, porque cada vez, como una mala seña, quedaban algunas. Eran once o doce babosas las que le faltaban. En aquel entonces no pudo contarlas. Fueron once o doce las que se quedaron vivas.

Hoy por hoy Mariana evita consecuentemente en su vestuario el negro y el gris, ya que el negro y el gris son los mismos colores negro-gris de las babosas. Por la tarde arregló la falda de una clienta, de un color bonito verde manzana, dejándola a la altura apropiada, para lo cual, los alfileres semilargos de cabezas de colores, del mercado mayorista El Progreso, demostraron ser muy útiles. Si todo fuera exclusivamente de acuerdo a sus deseos, Mariana hubiera tomado de ese desordenado montón de alfileres solamente los de cabeza blanca. Blanco al lado del verde manzana, armoniza.

Elvira quería seguir trabajando en la cazadora roja y utilizó primeramente un alfiler de cabeza amarilla, después uno azul y siguió con uno anaranjado. Para poder alcanzar este último alfiler de cabeza naranja, tuvo que inclinarse sobre la mesa de madera de tal suerte que una ola de su dulce perfume contaminó rápidamente el ambiente.

Mariana no pudo evitar el taparse la nariz. Para volver a concentrarse enfocó sus pensamientos y su mirada en la frescura de la manzana verde y pensó blanco, blanco, blanco, blanco, blanco. Elvira le clavó los ojos desconfiadamente. Es alarmante como su cara se asemeja a una uva seca, día tras día, más y más! Después del amarillo, azul y anaranjado, y como si hubiera leído secretamente los pensamientos de Mariana en ese momento, demostrativamente, escogió un alfiler con cabeza blanca. Si eso fue lo que ella hizo, agrandar la muralla con su perfume y protegerse así igualmente. Después alcanzó nuevamente un alfiler con cabeza blanca, dos minutos más tarde nuevamente blanco y acto seguido, en intervalos de segundos, blanco, blanco, blanco, blanco, blanco….

»Querida Elvira, como muy probablemente te has podido dar cuenta, todos necesitamos los alfileres nuevos. Serías tu tan generosa de dejarnos unos disponibles?« Mariana está fuera de casillas.

Milagros reconoce ese ambiente irritado y arruga ostentativamente la frente. Inmediatamente salta de su asiento, golpea fuerte las palmas de sus manos arriba de la cabeza y examinando sus manos abiertas – en una el cadáver desfigurado y en la otra el polvo gris claro del mismo –, la propietaria de la modistería exclama; » He matado !… Puede buscar una de ustedes un aerosol contra polillas? Esos bichos son realmente una plaga y me acaban los tejidos caros!«

Elvira, la inocencia en persona, hace una expresión como si no hubiese entendido nada y toma nuevamente un alfiler de cabeza blanca. Después de ese escándalo Mariana no habló ninguna palabra más con ella en las dos horas y media hasta terminar la jornada de trabajo, pero ahora novecientos noventa y ocho, novecientos noventa y nueve, mil, mil uno, durante todo ese conteo es como si hubiera desaparecido, como si el viento se hubiera llevado a esa tarde insignificante de Elvira, llena de oscuros sentimientos de seguridad, que tanto estimulaban los pasos de Mariana.

 

Übersetzt von Gustavo Bayer und Clemens Franke.

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