Idiomas
Contenido ¿Quién? Nosotros Eventos Submissions Submenú
« atrás

La lengua de viaje

Esther Andradi (2017)

En agradecimiento a los organizadores de este Simposio, y muy especialmente a las instituciones y personas que nos sostuvieron en todos estos años. Y a los que ya no están. Para María Bamberg, prodigiosa traductora del español al alemán que murió el año pasado, cuando había cumplido 101 años.

Cuando la lengua se va de viaje, le pasa como a las personas. Algunas vuelven, otras no, otras encuentran un lugar donde prefieren quedarse o de donde ya no pueden partir. Sea como fuere la decisión, siempre hay cambios.Y de esos cambios no se vuelve. Ni la lengua ni las personas.

En 1980 hice mi primer viaje a Europa. Llegué a Berlín Occidental en setiembre, había más de cien edificios ocupados, el movimiento alternativo florecía por aquellos meses, devine fotógrafa para registrar la movida de las casas ocupadas, quería quedarme en esta ciudad, que, aunque encerrada en un muro, era un laboratorio social, artístico, diferente a todo lo que yo había conocido.

Estaba convencida que no habría otro lugar para comprender mejor el mundo que Berlín (Occidental). En menos de veinte cuadras a la redonda se respiraba la historia. El pasado de la guerra, escrito en cada calle, y en las paredes de edificios todavía no restaurados; el presente, dividido entre los dos sistemas que pugnaban por el control del mundo; y el futuro, multicultural y mestizo que yo veía deslizarse entre los barrios y los patios de esta ciudad.

Venía de una residencia en Lima, donde había publicado Ser Mujer en el Perú, junto a la poeta y periodista Ana María Portugal. Ser Mujer en el Perú fue un best seller, literatura testimonial afirmando el movimiento feminista. En Berlín podía continuar con el tema y hacer un doctorado en el Instituto Latinoamericano con el profesor Alejandro Losada. Feminismo y literatura testimonial en América Latina. Elena Poniatoswka y “Hasta no verte Jesus mío”. Mientras formulo el proyecto de tesis para solicitar una beca, Alejandro Losada viaja a Cuba por primera vez como Jurado del Premio Casa de las Américas, y en enero de 1985 debe seguir viaje a Nicaragua para participar en un congreso. El avión de Cubana de Aviación que lo llevaba explotó apenas decolar de La Habana, todos los pasajeros murieron. Alejandro Losada entre ellos. Fue el invierno berlinés más frío que recuerdo: 20 grados bajo cero durante semanas, la nieve cubría la ciudad, los autos apenas se atrevían por las calles, el silencio era espeso. Me había quedado sin profesor, con una tesis incipiente, sin beca…me enfermé, infección de ovarios, estuve tres semanas en el hospital. Cuando me dieron de alta abandoné la tesis, decidí sacar mis ficciones del cajón y ser escritora.

Comencé a escribir. Sistemáticamente. Cuentos, historias cortas, cortísimas, -entonces todavía no se hablaba del microrrelato como género-, poemas…y crónicas. Crónicas sobre el hundimiento de un barco llamado Amor en el Spree de Berlín, sobre el feminismo alemán, sobre el destino de un cheque enviado a “Berlín”, ciudad que había por dos, en dos estados diferentes, y a treinta años luz de online banking. Muchas de esas crónicas componen hoy el libro Mi Berlín. Pero entonces eran textos escritos para publicar en periódicos y revistas. ¡Que si se publicaban me los pagaban!

Mis crónicas son, casi siempre, una mirada sobre lo cotidiano, lo minúsculo, el detalle, al margen de los así llamados grandes acontecimientos. Incluso, cuando he abordado los grandes acontecimientos, mi mirada se centra en lo pequeño, en el borde, lo invisible. En el zapato que queda en el sendero mientras los asesinos arrastran a Rosa Luxemburgo hasta su muerte; en el muchacho que se sube al muro e inaugura un nuevo mundo la noche del 9 de noviembre de 1989; en el soldado ruso que en 1991, despechado por amor, se monta en un tanque, huye del destacamento en Bernau, y llega a Berlín.

Las primeras crónicas, publicadas a mediados de los años ochenta, estaban escritas a máquina y fueron enviadas por correo. Y ni hablar de las travesías que éso significaba hace más de un cuarto de siglo. Un envío postal desde Alemania a Perú, o a México, o Bolivia, podía demorarse diez, quince días, un mes, en llegar a destino. O nunca. Y si llegaba, pero su destinatario no tenía interés alguno en responder, publicar, y menos aún corresponder con un honorario, entonces el silencio.

En esos años de extranjera en Berlín (Occidental) fui conformando una red de medios para publicar textos en Colombia, Argentina, Nicaragua, Bolivia, México…y al mismo tiempo era parte de una red de escritores en Europa, en la diáspora de la lengua madre, con quienes intercambiábamos cartas, postales, folletos, libros.

A mediados de los noventa, cuando la ciudad ya estaba en modo transformación permanente, y ya había fax, -¿se acuerdan todavía lo que era un fax?- partimos con mi familia a Buenos Aires. Después de veinte años regresaba a mi país de origen. Registré este regreso en otro libro pero no voy a hablar de él ahora, sino de mi necesidad de explicar y traducir la ciudad donde había vivido tantos años y que se había convertido en un símbolo: Berlín.

Así se fue esbozando Berlín es un cuento, la novela donde Berlín de los ochenta parece un invento de Melquíades, una excursión a lo real maravilloso de una ciudad que había sido dos, laboratorio de múltiples revoluciones, y contrarrevoluciones también, tan alejada de los estereotipos con que se catalogaba a “lo alemán”.

Rio Reiser y Walter Benjamin, Nina Hagen y Mackie Messer, los alternativos y el movimiento de ocupantes de casas, Rudi Duschke y Rosa Luxemburgo… en BsAs yo extrañaba Berlín y la escribía.

La novela de Berlín se publicó por primera vez en Argentina hace exactamente una década. Ahora, diez años más tarde, -mes más o menos-, si los dioses del apoyo a la traducción nos conceden un “sí” bien positivo, se publicará en alemán.

Pero entre las crónicas de Mi Berlín y la novela Berlín es un cuento, se fue gestando un embarazo múltiple.

A lo largo de los años había conocido a caminantes de la escritura, a algunos solamente por correspondencia. Residentes en Suecia, Inglaterra, Italia, Francia, Alemania, que, a pesar del tiempo de vivir en países con otros idiomas, seguían escribiendo ficciones en su lengua materna, el español.

En la vida cotidiana compartían la lengua del país de acogida, mantenían relaciones estrechas con las literaturas en ese idioma, y su mirada se nutría también -y muy especialmente- de la convivencia con esos idiomas. Necesitaba un espacio donde reunir a aquella gentes de la escritura como yo, migrantes, viajeros, exiliados. Nómadas. Originarios de diferentes países de América Latina, distintas generaciones, diversas ciudades de residencia. Necesitaba inventar un corpus que nos contuviera.

Vivir en otra lengua es la experiencia de la literatura moderna: escribió el argentino Ricardo Piglia.

El desafío de traducir y traducirse en confluencias, desencuentros y canjes con la lengua local.

La aventura de habitar una lengua en tránsito, viajera, intrusa. Siempre fronteriza.

Así nació la antología Vivir en otra lengua.

Una selección de 7 escritoras y 7 escritores de la diáspora residentes en países europeos. De Alemania Teresa Ruiz Rosas, peruana, residente en Colonia, y los berlineses Luis Pulido Ritter de Panamá, Luis Fayad, de Colombia, David Hernández, de el Salvador, Omar Saavedra Santis, de Chile. Hace diez años. Primera edición en Argentina, con una tirada de 8000 ejemplares. Agotada. Segunda edición en España 2010. Y ahora, con Lucas Ruiz, escritor malagueño residente en Dinamarca, estamos gestando un Vivir en otra lengua con una selección de escritores españoles en la diáspora de la lengua en Europa. Muchos motivos para festejar la década.

Para terminar una evocación, que es también una reflexión:

En 1963, en este mismo lugar, daba una conferencia Witold Gombrowicz, invitado por el Literarisches Colloquium. Era su primer viaje a Europa después de 24 años de exilio en Argentina.

Witold Gombrowicz, escritor polaco, a sus treinta y cinco años, había emprendido un viaje por el mundo, y el barco que lo llevaba tocó puerto en BsAs en 1939 cuando Hitler invadía Polonia. Gombrowicz desembarcó en un exilio involuntario y se quedó en Argentina, allí publicó la traducción al español de Ferdydurke, su novela satírica y experimental que ya había editado en su país. La traducción fue realizada al alimón por un grupo de parroquianos habitué de los billares de un bar de la calle Corrientes que desconocían el idioma polaco, junto a su autor, que hablaba un castellano elemental, y estuvo dirigida por un cubano, el gran Virgilio Piñera, entonces todavía un desconocido. Como Gombrowicz.

Witold escribió todo el resto de su obra en Argentina, siempre en su lengua materna, el polaco. En sus años de exilio y pobreza en BsAs sólo unos pocos iniciados lo conocieron. Hoy la literatura argentina lo considera uno de los suyos. Fundante de otra forma de mirar, producir, crear.

Según Piglia „La novela argentina sería una novela polaca. Traducida a un español futuro, en un café de BsAs, por una banda de conspiradores liderada por un conde apócrifo.“

Y si leen el Diario Argentino de W. Gombrowicz sentirán, como yo, cómo ese país marcó la mirada y la producción de Witold para siempre.

≡ Menú  ≡
Página principal Contenido
Eventos Submissions
Autores Traductores Moderadores
Nosotros Socios Galería
Contacto Blog Facebook
Festival 2016 Eventos Prensa