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Luz en Berlín

Patricia Cerda (2017)

The following texts are different extracts of a working version from an, as of yet unpublished, longer text. The copyright is held by Patricia Cerda.

 

1987-1988

 

Un día de aburrimiento, día nublado y ruidoso en Santiago de Chile, decidí matar el tiempo viendo por tercera vez una película de Werner Herzog que mostraban en el Instituto Goethe, Aguirre o la ira de Dios. Se trataba de las aventuras del conquistador Lope de Aguirre que en 1561 se reveló contra la corona española y sus representantes oficiales en Perú. Cuando uno se sabe el argumento puede concentrarse en las cosas que le gustaron especialmente. A mí me encanta como Klaus Kinski interpreta a este conquistador frustrado que salió por su cuenta en busca de El Dorado y solo encontró paisaje, animales y seres humanos.

 

Yo iba mucho al Instituto Goethe porque me sentía bien allí, aunque no hablaba nada de alemán. El Goethe era un espacio democrático en el Chile de Pinochet, un oasis en el desierto de la actividad intelectual y cultural chilena bajo la dictadura. Solía visitar las exposiciones, disfrutar de las veladas literarias, dar mi opinión en los foros sobre temas de política y actualidad y ver películas del entonces nuevo cine alemán. Como llegué media hora antes de que comenzara la película, tuve tiempo para leer los paneles. Entre los avisos había uno del DAAD (Servicio Alemán para el Intercambio Académico) que anunciaba la apertura de la temporada de postulación para doctorarse en universidades alemanas. Los interesados podían pasar a retirar las bases y el formulario en secretaría, oficina 223 en el segundo piso. También se podía pedir información en una oficina en Bonn, cuya dirección aparecía en el aviso. Como obedeciendo órdenes, subí al segundo piso, entré a la oficina indicada y le pedí a la secretaria el formulario de postulación. Doblé el papel, lo metí en mi cartera y entré a disfrutar a Klaus Kinski por tercera vez en alemán con subtítulos en español.

 

Un doctorado en Alemania tenía algo de aventurero. Yo estaba terminando mi trabajo de licenciatura en filosofía. Su título: La idea de la Guerra Defensiva en el reino de Chile en el siglo XVII. Se trataba de la discusión que mantuvo el jesuíta Luis de Valdivia con los encomenderos del naciente reino de Chile sobre el mejor modo de conquistar a los indios mapuches. No tenía idea de lo que iba a hacer cuando terminara mis estudios. Ir a doctorarse a Alemania no era nada en comparación con las aventuras de un Lope de Aguirre. O sea que ¿por qué no? Seguí dándole vueltas al asunto después de la película, en el bus, camino a mi departamento. Si Lope de Aguirre se jugó la vida recorriendo medio continente americano después de declarar nulas las jerarquías de su tiempo, ¿por qué no iba yo a arriesgarme a cruzar el Atlántico en avión, a ver qué me esperaba en ese país desconocido? En la mañana siguiente, mientras desayunba sola – porque mi conviviente Helena andaba en Concepción visitando a sus padres – la idea siguió dando vueltas en mi cabeza. A las 11 partí a la universidad a comentarlo con Herrera, un profesor cercano. El Instituto de Filosofía de la Universidad de Chile quedaba entonces en La Reina. El bus se demoraba más de media hora desde Providencia, donde vivíamos Helena y yo. A Herrera le pareció una buena idea.

Con las notas que usted tiene, lo más probable es que le den la beca.

Me contó que dos ex alumnos suyos habían ido a doctorarse a Alemania, uno de ellos, Federico Romo, a Berlín, sobre Aristóteles. Herrera le había escribió una carta de recomendación para el DAAD y ofreció hacer lo mismo conmigo. Salí de su oficina todavía más entusiasmada y más ansiosa. O sea que las becas eran reales y ganarla estaba dentro de mis posiblidades.

 

Se lo conté a Helena en cuanto regresó de Concepción. Estábamos sentadas en la terracita de nuestro departamento tomando una infusión de hierbas y casi se le cayó la taza. Desde que estaba en el segundo semestre de Filosofía compartíamos ese departamentito en las Torres de Tajamar. Helena y yo éramos dos penquistas que le vida juntó en la capital. En Concepción nunca nos habíamos topado, a pesar de que no es una ciudad grande. Eso se debe a que Helena viene de una familia con más recursos que la mía. Sus padres son médicos. En Concepción Helena vivía en la avenida Pedro de Valdivia, en la orilla norte del río Bío-Bío, e iba al colegio Concepción. Yo vivía en un edificio de la Corvi en el barrio de San Pedro, al otro lado del río, y estudiaba en el Liceo de Niñas de mi barrio. La Corvi construyó muchos edificios para la clase media en los años 60 y en uno de ellos vivía yo con mi mamá. Éramos solo las dos desde que mis padres se separaron el 73 cuando yo tenía 10 años. Helena me habló al final de una clase de filosofía clásica. Quiso saber, precisamente, de dónde venía. Nos caímos bien. Concordamos en que los santiaguinos son más fríos y distantes que la gente del sur. Me contó que había otro penquista en nuestra carrera, Víctor Reuther, un descendiente de alemanes. Ella lo conocía de Concepción. Pocos días después me lo presentó. Era rubio, alto, de los hombres que en Chile pasan por buenos mozos y en Alemania como uno más del montón. Nos visitaba a menudo porque quería algo con Helena. En una de esas visitas, ella le comentó:

A Luz se le metió la idea de hacer un doctorado en Alemania y yo la voy a ir a visitar.

Fue como una premonición.

 

bersetzt von Rike

 

Preparativos

 

Estaba en plenos preparativos cuando tuve un encuentro inesperado en un bus entre Providencia y el centro; un encuentro, digamos, de alta potencialidad: una ocasión. Aunque en ese momento no la vi como tal. Para verla así hubiera tenido que ser adivina. Me dirigía con Helena a una oficina en la calle MacIver en que se hacían traducciones oficiales de documentos del español al alemán. Iba comentando con Helena lo que había leído sobre la ciudad amurallada cuando de pronto me interrumpió una mujer que iba sentada en el asiento de atrás. Me tocó el hombro. Yo me volteé sorprendida.

– Perdón que la moleste, señorita, ¿puedo preguntarle a cuál Berlín se va usted? Era una mujer sencilla. Había ansiedad en su mirada.

– A Berlín Occidental, respondí y debo haber puesto cara de ¿y a usted qué le importa?

– Ah ya, dijo, decepcionada.

Yo seguí conversando con Helena. Me comentó, medio en broma y medio en serio, que ya había comenzado a juntar plata para ir a visitarme.

Cuando pasábamos por la plaza Italia la mujer volvió a tocarme el hombro.

Otra vez me volteé. Rara situación.

– ¿Puedo cruzar un par de palabras con usted?

– Dígame, la escucho.

– Pero no aquí, dijo, mirando a nuestro alrededor. ¿Dónde se va a bajar?

– Frente a la Biblioteca Nacional. Bájese conmigo si quiere, ahí me cuenta, le ofrecí.

– Bueno, así lo haré. Gracias.

 

Helena y yo quedamos curiosas. Ya no seguimos comentando nuestros planes. Esperamos a ver de  qué quería hablar la mujer que, efectivamente, se bajó con nosotras frente a la biblioteca. Tendría unos 45 años, quizás menos. Su rostro era mestizo, razgos agradables, pelo oscuro. Helena propuso que nos sentáramos en una banca del cerro Santa Lucía a pocos metros de allí. Recién entonces se presentó como Macarena Pinto. Dijo ser la madre de un exiliado que vivía en Berlín Oriental.

– Por lo menos ahí estaba cuando dio la última señal de vida, redondeó.

– ¿Y eso cuándo fue?, preguntó Helena.

– Ya van a ser diez años que no sé nada de él, dijo.

Helena y yo nos miramos.

– Ojalá no le haya pasado nada, comenté.

Ella cambió el tono de voz para asegurarme que su hijo sabía cuidarse. Por alguna razón no me escribe, pero está bien. Lo sé, no me pregunten por qué. En seguida sacó un pañuelo de su cartera para sonarse la nariz sin hacer ruido. Hizo una pausa para tranquilizarse y prosiguió:

– Soy madre soltera. Javier es mi único hijo. Es muy duro no saber nada de él.

Le costaba contener el llanto. Helena le acarició el hombro.

– Me han dicho que todos los chilenos de allá se conocen, prosiguió.

– Usted quiere que yo trate de encontrarlo, dije, adelantándome a lo que seguramente me quería pedir.

– ¿Sería usted tan amable de llevarle una carta por si lo encuentra?

– Lo haré con gusto, dije.

– ¿Cómo se la puedo entregar? ¿Va a andar mañana también por el centro?

– Puedo venir si quiere, ofrecí.

Miré la hora. Eran las dos de la tarde. Le propuse que nos encontráramos en la misma banca a la misma hora.

– Como usted diga. Me arrancaré entonces mañana del trabajo un ratito. Ahora voy camino al médico. Después de decir ésto se puso de pie.

– No le he dicho mi nombre, dije. Me llamo Luz Rioseco.

– Gracias señorita Luz. Hasta mañana entonces.

 

Helena y yo la seguimos con la mirada hasta que se subió a una micro. Después continuamos a la oficina de traducciones. Aunque el encuentro nos dejó conmovidas, no lo comentamos hasta cuando nos sentamos a tomar un cortado en el café Colonia después de que yo entregara mi diploma para su traducción. Helena opinó que por lo menos le había despertado una esperanza en ella porque, dijo:

– Sería una tremenda casualidad que te toparas con su hijo. Aunque quién sabe cómo son las cosas entre los chilenos de allá.

 

Al día siguiente, cuando llegué sola a encontrarme con ella, ya estaba allí esperándome. Al verme se puso de pie y caminó hacia mí muy derecha. Su vestido lila de corte sencillo armonizaba con su pelo oscuro. No quise que nos quedáramos en la calle. Le propuse que fuésemos al café Colonia para hablar con calma, sin el ruido de las micros. Caminando al café me contó que se había escapado del trabajo inventando otra ida al médico por lo que no tenía mucho tiempo. Quise saber dónde trabajaba.

– En el Barrio Alto, respondió, sin dar más detalles.

– ¿Y dónde vive?

– Somos de Renca.

Una vez en el café le pregunté qué quería tomar y le dejé claro que yo la invitaba.

– Un agua mineral, gracias.

– Para mí un cortado, pedí.

Entonces Macarena Pinto abrió su cartera y sacó una foto y la carta. Primero me pasó la foto diciendo:

– Este es mi Javier.

Era la imágen en blanco y negro de un hombre sonriente con ojos hermosos, lindas cejas, labios bien formados. Rostros así suelen ser abono para mi imaginación.

– Buen mozo su hijo, comenté.

– Y también inteligente. Estaba en el segundo semestre de ingeniería en la Escuela de Artes y Oficios cuando cayó Allende. Estudiaba por la noche y por el día trabajaba en Inchalam. Era dirigente sindical, por eso se tuvo que ir.

– ¿Por qué cree usted que no se comunica?

– No tengo la menor idea, dijo, me pasó la carta y agregó, después de un largo suspiro: Ojalá lo encuentre.

– Metí la carta y la foto a mi cartera.

– En la carta le digo que ahora puede regresar. Salió en una lista en septiembre de 1985. No sé si esas noticias llegan allá.

– Tampoco lo sé, pero pienso que sí llegan, dije.

 

No sabía. No concocía el mundo de los exiliados chilenos. Tenía 10 años el 73. Tuve la mala suerte de crecer en un país con dictadura. Siempre sentí a flor de piel la incompatibilidad natural entre la ignorancia y prepotencia que propagaban los militares y mi carácter, pero nunca he militado en un partido político. Salía a protestar, eso sí, cuando podía o cuando me atrevía. Soy miedosa. Ni pensar en que me tomen presa y me maltraten. Soy políticamente floja pero me alegré con cada logro de la oposición. Salí a celebrar la Concertación por el No con mis compañeros de Filosofía, pero nada más. Macarena dijo que en el sobre iba también el número de teléfono de una farmacia que quedaba cerca de su casa en la calle Puyehue, donde su hijo podía llamarla. Ellos le iban a avisar. Recién entonces el camarero nos llevó el agua. Macarena bebió su vaso de un sorbo y dijo que tenía que volver a trabajar.

– Vaya no más, ofrecí.

– Voy a rezar por usted y a prender velas a Romualdito.

– ¿Quién es Romualdito?, pregunté.

– Mi animita milagrosa en la Estación Central. Mucha suerte en Alemania, señorita Luz. Adiós.

 

¡Qué acción!: hablarle a una desconocida en una micro y pedirle que le lleve una carta a su hijo en Alemania esperando que una animita milagrosa ayude a la carta a encontrar su destinatario. Macarena Pinto se mostró sin fachadas, sin pose de víctima y sin rabia. Fue tan sincera y tan clara, que me hizo pensar en la naturaleza misma de la sinceridad; es un talento. Un talento que en tiempos de dictadura se veía poco. Terminé mi café evocando un diálogo entre un padre y su hjo que leí en un libro de Francisco de Quevedo: Si quieres ver el mundo, ven conmigo, dice el padre. Yo te llevaré a la calle mayor, que es de donde salen todas las figuras y te enseñaré el mundo como es, que tú no alcanzas a ver sino lo que parece. ¿Y cómo se llama esa calle?, quiso saber el joven. Llámase Hipocresía. No hay nadie casi que no tenga, si no una casa, un cuarto o un aposento en ella.

 

Cuando regresé al departamento, el tema de los hijos que se alejan de las madres alentó a Helena preguntarme si iba a ir a despedirme de mi mamá a Concepción. Esto me obliga a hacer una excursión para no dejar el tema en el aire. Ya he dicho que mis padres se separaron el 73. Desde entonces fuimos solo las dos hasta que apareció su milico, el capitán Fernando Moncada. Eso fue, menos mal, pocos meses antes de que yo me viniera a estudiar a Santiago. Fue como una liberación porque el tipo se lo pasaba en mi casa. Se sentaba antipático y arrogante en el sofá a ver televisión y a que mi mamá lo atendiera. Sus comentarios y opiniones irradiaban una ignorancia de la vida, de la naturaleza humana, del bien y el mal que lo hacían insoportable. Cuando mi mamá le contó que yo iba a estudiar Filosofía en la Universidad de Chile, quiso saber para qué servía ese estudio. Ni mi madre ni yo respondimos a su pregunta. Poco después terminó de envenenar el ambiente al comentar:

– Tengo entendido que de esas carreras salen todos comunistas.

¡Guácala! Hasta mi mamá se estremeció y me miró poniendo cara de no le hagas caso.

Como nunca disimulé mi antipatía hacia él, hubo inevitablemente un alejamiento entre mi madre y yo. Porque a ella le encantaba su milico. Resumiendo: La respuesta a la pregunta de Helena fue: No. No voy a ir a despedirme personalmente de mi mamá para no encontrarme con el capitán Moncada. La llamé por teléfono. De mi padre no me despedí. Con él no tenía contacto alguno. Tampoco tenía un número de teléfono.

 

Helena me fue a dejar al aeropuerto. Mientras nos tomábamos el último jugo y dibujábamos otra vez los planes de su visita a Berlín, pasó por nuestro lado un vendedor de periódicos pregonando La Segunda… Se acabó el exilio, todos pueden volver.

  

Encuentro con Regla

 

 

Me bajé en el metro Koschstraße y caminé hasta uno de esos letreros que advertían en varios idiomas: You are living the american sector. Me costó abrirme paso porque la calle estaba llena de gente que daba la bienvenida a los que pasaban la frontera. Los petardeantes Trabants, Ladas y Wartburgs pasaban por mi lado a la vuelta de la rueda en una fila interminable. Cada auto y cada persona recibía su bienvenida personal. Se escuchaba un aplauso constante en la Friedrichstraße. En medio de la mutitud descubrí a una mujer morena más bien alta. Una mujer bastante atractiva que miraba en todas direcciones como asustada. Intuí que era cubana. Los latinos en la RDA podían ser cubanos, nicaragüenses o chilenos. Le hice una seña con la mano, pero no me vió. Después me fijé en un hombre mayor que caminaba serio, muy erguido y sin mirar a nadie. No respondió ningún saludo y esquivó a todos los que trataron de abrazarlo. Cuando pasó por mi lado, noté que tenía los ojos llorozos. Detrás de él venía la cubana. Le tomé el brazo a la altura del codo y le pregunté en español de dónde era. Ella se asustó y se soltó brúscamente. Yo le sonreí como diciendo: Soy inofensiva.

¿De dónde eres?, preguntó.

Soy chilena, me llamo Luz. Soy periodista. Dime, ¿es la primera vez que pasas a este lado?

Ella asintió. Se descolgó el bolso, lo dejó en el suelo y comentó:

Ayer dijeron que todo había sido un malentendido.

¿Tienes tiempo para tomar algo?, pregunté.

Es que tengo pocos marcos y como está el cambio, hasta puedo quedar debiendo, bromeó, sin reírse.

Yo te invito, ofrecí.

 

Cuando habíamos andado una cuadra, cambió su bolso de hombro y comentó que estaba pesado porque contenía todas sus pertenencias. En una esquina en que había una pizzería entré y la cubana me siguió. Por su acento, ya no me cabía la menor duda de que era cubana. El camarero nos saludó en italiano con sospechosa amabilidad y dijo que aceptaba marcos de la RDA. Nos sentamos en la única mesa libre. Recién después de pedir dos jugos de manzana le pregunté su nombre.

Regla como la vírgen de Regla, contestó.

¿Mucho tiempo por estos lados?

Seis años, pero eso se acabó, dijo seria.

Habrás llegado a estudiar, comenté.

Es una historia complicada, prefiero no hablar de ello.

En ese momento llegaron los jugos. Las dos bebimos la mitad del vaso. Hubo un corto silencio en que ella me miró escéptica.

Puedes confiar en mí, le dije. Soy una estudiante de filosofía independiente.

Me dijistes que eras periodista.

También, pero ahora me interesas tú como persona. Nada de lo que me cuentes saldrá de mí.

¿Tienes un cigarro?, preguntó.

No, pero podemos comprar una cajetilla.

Llamé al camarero para preguntarle si nos podía conseguir una de Lucky, los cigarros que fumaba Arturo. Después me atreví a preguntarle qué iba a pasar con los cubanos que estaban en la RDA.

Muchos son obreros que vinieron a especializarse a Zeiss y en otras industrias. Van a poder volverse. Deben estar felices.

¿Y tú? ¿También te vas a regresar?

No, yo no puedo. No sé si me dejarían entrar a Cuba. Michael dijo que si lo abandonaba iba a dar informes horribles sobre mí.

¿Quién es Michael?

Regla echó una mirada redonda a todo el restaurant y después se me acercó para decirme casi al oído:

Es el hombre que me trajo a Alemania. Me amenazó con mandarme a Hoheneck si lo dejaba.

¿Qué es Hoheneck?, quise saber.

Es una cárcel de mujeres que está en un castillo cerca de Karl-Marx-Stadt.

Llegaron los cigarros y a mí también me dieron ganas de fumar.

Regla encendió el suyo y el mío y prosiguió:

El malvado andará buscándome. Es un alto funcionario de la Stasi.

Casi me trapico con el humo. Me sentía como en una novela de John Le Carré. Terminé de beber mi jugo y le pregunté si quería otro. Regla asintió comentando:

¡Qué amable eres!

Le hice un gesto al hombre del bar y los jugos llegaron en seguida. Otra vez Regla se bebió de un sorbo la mitad de su vaso con la mirada fija en un punto del piso mientras mi curiosidad crecía segundo a segundo.

Debe haber muchos cubanos en la RDA, comenté.

Uf, muchísimos. Y hay también bastantes chilenos, eh.

Recordé la carta que todavía no entregaba a su destinatario. Pero no era el momento para hablar de eso. Regla dejó el cigarro en el cenicero y abrió su cartera buscando algo mientras comentaba:

Michael no me va a dejar ir así como así. En cuanto se dé cuenta de que me escapé, va a movilizar todo lo que esté a su alcance para encontrarme.

Por fin sacó una hoja y un lápiz.

Qué bueno que me hablaste, continuó. Se ve que eres una buena persona. Díme, ¿sabes dónde puedo pedir asilo político?

No me esperaba ese comentario. O sea que la cosa era en serio.

Lo lamento, respondí, pero esa información no la manejo.

Es que estoy en problemas. Si ese mal hombre me encuentra, estoy perdida. Es muy frío y severo. No se anda con pequeñeces.

Quise saber el nombre completo de su perseguidor.

Se llama Michael Kleiner, me respondió al oído.

Tengo un amigo periodista, un mexicano muy buena gente a quien le puedo pedir orientación. Si queres vamos a mi casa y lo llamamos, ofrecí.

¡Qué solidaria eres! No tengo más alternativa que aceptar.

En el metro Regla iba intranquila, mirando nerviosa en todas direcciones. Suspiró cuando nos subimos solas al bus en Zoologische Garten. Yo pensaba en la reacción de Uwe cuando me viera llegar con una cubana. Iba a tener que ver caras y soportar reacciones desagradables otra vez.

 

Luz encuentra a Javier Pinto

 

Llevé a Helena a la cocina para contarle a puertas cerradas lo que había pasado: Había encontrado a Javier Pinto.

 

Arturo y yo tocamos a la puerta de la casa ubicada frente a la estación de Bernau. Después de esperar un rato nos abrió él. Lo reconocí de inmediato. Tenía algunas arrugas en la frente y una mirada melancólica, pero seguía siendo el hombre atractivo de la foto.

Buenos días, dije, en español. Qué gusto encontrarlo. Tengo algo que decirle. Espere un momento, por favor.

Tomé a Arturo del brazo y lo llevé a su auto, que había dejado estacionado frente a la estación. Le pedí que me dejara hablar sola con el chileno.

¿Lo conoces?

Más o menos. Te llamaré lo antes posible para explicarte todo.

Está bien, dijo, desconcertado, se subió al auto y partió.

Yo volví a la puerta desde donde Javier observaba la escena sin entender nada.

¿Qué le dijiste a Javier Pinto?, quiso saber Helena, impaciente.

Le traigo saludos de su madre.

¿A quién se refiere?, pregutó él.

A Macarena Pinto.

Me hizo pasar a un living pequeño con el televisor prendido. Estaba mirando televisión occidental. Su casa me dio la sensación de abandono. Sobre el sofá colgaba un hermoso retrato de dos mujeres que me recordó a un cuadro famoso de Pedro Lira. No me acuerdo del nombre.

El niño enfermo, dijo Helena.

Sí, ese. Me ofreció asiento y él también se sentó.

¿Cómo la conoce?, me preguntó.

Me habló en una micro cuando escuchó que me venía a Alemania.

¿Eso cuándo fue?

Hace un año y medio.

Le conté que tenía una carta para él y que quería entregársela cuanto antes. Ofrecí mandársela por correo. Eso lo asustó.

No, en ningún caso. Aquí las cartas suelen perderse.

Va usted a veces al otro Berlín.

No, dijo, a secas, sin dar más explicaciones.

Entonces se la traigo. Se lo prometí a su madre. Puedo venir a dejársela mañana, si quiere. ¿Va a estar en casa?

Javier asintió.

Mañana por la tarde, entonces, dije.

Helena me aconsejó que no le contara nada a Uwe y yo tampoco pensaba hacerlo.

Mi amiga aprovechó ese momento a puertas cerradas para preguntarme si podía alargar su estadía por un mes más.

Puedes quedarte el tiempo que quieras, ofrecí.

¿Y Uwe?

El muchacho ya no tiene nada más que decir.

 

 

 

 

 

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