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Mi yo poético

Sonia Solarte (2017)

No tengo ambiciones ni deseos./ Ser poeta no es una ambición mía,/ es mi manera de estar solo” (Poema “El guardador de rebaños”, de Caeiro)

…Habito la patria esquiva del poema…

 

Mi yo poético es portavoz de un lenguaje arbitrario y sensible con el cual construyo un miniuniverso para mis muñequitos de goma. En él legitimo mi errancia abismal con frases y giros lingüísticos, predico con entereza a favor de los vuelos y el camino, soy afectiva y abierta a todas las conspiraciones. Selecciono entre las palabras y las cosas aquellas que correrán el riesgo de agruparse en torno a la emboscada que me tiendo en sus espejos.

Escribo cada vez desde lugares inexplorados en mi interior en donde un estallido sensible precede el fulminante despliegue de las visiones que contienen la memoria de los instantes que han sido y devienen.
Escribo desde un lugar fraguado

entre arenas desérticas

oasis en niebla

mares y valles

cimas y abismos

Converso con configuraciones del Otro en mí misma

Desde las profundidades emerjo a las palabras

como buceadora en las aguas maternales del sentido

Soy entonces

misterio develado

 

No hablo sólo desde las pasiones y la carne, ni  desde las ideas en boga, ni registro sólo imágenes de mis encuentros con la muerte. Nombro también desde el interior configurante, desde la estrella del destino que me ilumina y atrae con el magnetismo de sus rayos benignos. Qué no diría si fuera posible el absoluto reposo como un estado estructural de la materia animada!

Receptiva insisto en admirar la grandeza de las pequeñas cosas, las tonalidades del crepúsculo o del amanecer, el palpitar fogoso de las arterias de la vida. Empecinada en soñar y cantar porfío en culminar la aventura que convierte el manatial en río, la piedra en monumento, el árbol en hoja y libro, para doblegar a la muerte en una victoria del pensamiento creador. Pretendo encontrar en el espíritu las voces que nombren los seres y las cosas y conserven en una imagen súbita toda la fuerza de su latido. ¿Y para qué empecinarme en la búsqueda de un significado que explique el asombro ante las alboradas y los derrumbes? Confieso que me conmueve la insensatez de semejante propósito mientras peregrino a oscuras entre las calles en ruinas de mis instantes.

Si ninguna de las imágenes y las palabras que las contienen completan la intención manifiesta de crear un sentido irrevocable, al menos sí logran señalar lo fortuito, el flechazo, la piedra de toque. Aunque considerar las implicaciones prácticas de esta aproximación subraya la dificultad implícita en ella: es una misión imposible para un ser humano socialmente condicionado ser congruente consigo mismo en su expresión a través del lenguaje, ya que este sí mismo se encuentra descentrado, esparcido en las redes conformadas por sus complejos e inhibiciones. ¿Qué expresar entonces desde un sí mismo escindido, qué certidumbre que no sea pasajera?. ¿Cómo expresar los sueños, los proyectos, las frustraciones y fatuidades de la vida desde este ego agonizante y al mismo tiempo sentir que hay en estos actos algo trascendente, que posibilite refundar y rebautizar el ser en otras coordenadas?.

No me aterran  los saltos al vacío ni esa forma tosca de cortar las trayectorias o apretar aún más los nudos con la sóla intención de reforzar los rigores efímeros de las deserciones. Toma su tiempo acostumbrarse a los rigores de la tempestad y alegrarse ante los hallazgos cotidianos con una inocencia casi infantil.

A veces contemplo a los seres humanos que pasan por mi lado con la extrañeza de reconocerme íntegramente en ellos. Cómo es que aman y lastiman, tienen otros nombres y los abaten otras angustias, cuando soy algo/alguien que palpita en ellos, con ellos? Cómo es que sin haber escuchado sus memorias y sin que sus rostros me recuerden alguna esquina en particular de mi propia historia, su sola presencia y sus miradas me señalan la copiosa carga de sueños, anhelos e incertidumbre, cuyo peso reconozco desde siempre sobre los hombros de mi conciencia?

Me quedo sin voz nombrando a la muerte, los gritos de tantas madres espantadas contemplando los cadáveres de sus hijos en tumbas bañadas en sangre. Me quedo ciega del corazón sin atinar a insertar en la aguja de la memoria el hilo de esta violenta realidad.

Me pregunto: Si hablo de la suerte o del destino, si invento un fin para mis pasos, si empiezo a creer en que trasciendo en este instante el peso de todos los segundos, si alcanzo a pensarme ajena a este ser que camina y llora y hasta miente…, ¿para qué armar y desarmar los mismos juguetes, interpretar cada vez de otra manera los mismos gestos, si en este juego no hay nada para perder o ganar más que la orilla del perfecto vacío?

Cuando escribo tejo mis anhelos con el hilo del deseo, logro cambiar los tonos de mi vida interior en un caleidoscopio, poner los acentos en espacios anteriormente ignorados o desechados, ubicar mi soledad sobre la palestra, palpar la infinitud en un instante de sosiego.

Cuando escribo tejo una nueva trama para los monstruos y ángeles de mi imaginación. Allí deberán anidar sus huevos de espanto o de misericordia. En esa red podrán someter o liberar a otros cautivos del lenguaje, esclavos ciegos en la miseria de un temblor sobrenatural: el temblor del origen en los confines del verbo apegado a la carne.

Me disperso a través del lenguaje, por el lenguaje, en las imágenes que arrojan sus anclas sobre el mar blanco y blando del papel para quedarse allí como esfinges envueltas en el misterio de su propia clara oscuridad. Me disperso evocando lo que pudo ser, aquella lágrima que no llegó a derramarse, el beso que congeló la rabia, el viaje en una barca inexistente sobre un mar sin puertos. Quiero seguir creciendo – me digo – cuando la niña se aferra a mis faldas y me impide dar un paso más fuera de mis sótanos. ¿Qué es entonces lo que no llego a ubicar en el centro de la habitación de mi vida, cómo desviar mi mirada de tantos objetos perdidos, quedarme en silencio y quieta, sintiendo gravitar las esferas en torno al buda en mi interior?

Sí, me disperso en la corriente de las imágenes, en el cuerpo del poema, y entonces me sorprende hallarme bajo la azarosa tolda del tiempo masticando las huellas informes de los sentimientos arraigados en el telar de mi memoria. Y me encuentro justo cuando alcanzo a pellizcar el sentido de la nada habitada que me nombra con palabras propias y ajenas.
CLAMOR

Poesía:

¿Para qué me arrebatas tu fuego

si me condenaste a ser la portadora de tu antifaz de luz?

¿Por qué te escondes en esta estación en penuria de mi vida?

Devuélveme el fragor de tu sangre en mis venas

encuba en mí tus huevos de sol

arrúllame en tu seno embarrado y húmedo

déjame escuchar tus canciones

en el silencio de la soledad más tuya

y después cantar, cantar yo misma

con esa voz que me regala tu presencia

cuando me envuelves en tus mantos

Necesito tus visiones para seguir creando y creyendo

Quieta en esta espera que siento ajena

sentada sobre tus huellas que ya no queman

no quiero rumiar amparada en las mismas calles ciegas

la ira de los espejos

ni arrastrarme en procesiones

con otros despojos hacia ninguna parte

para seguir bebiendo el descarnado polvo de la muerte

Libérame ahora y para siempre de este ardor inagotable

Quiero volver a ser tu llama y habitar en la fuente de tu corazón

Necesito recibir la bendición del perfume de tus palabras y presencia cada día.

Amén.
¿A qué intención macabra obedece la fuga del duende de la inspiración, a qué extraña desolación homicida? Perder la forma poética de estar a solas es sucumbir ante la orfandad de la sangre y el espíritu, es aislarme de mí misma de una manera arbitraria y funesta, es estar sola y desnuda ante los espejos del destierro y renunciar a las epifanías del amor,  quedarme sin voz, sin luz, sin ancla, perderme en la maraña de un vegetar sin horizonte.
El poema es la palabra

desnudando los caminos

mostrando donde fue dado el golpe

y recibido el asesino

en dónde cayó el cuerpo

que esperaba en la piel

el aliento y el abrazo de las horas felices

 

He convertido mis textos, los poemas donde deposito el peso de mi conciencia y la fragilidad o las aristas de mi pensamiento, en un puente mediático entre la mujer cotidiana, sujeta al extrañamiento de su propia historia, y la mujer emancipada que posee las claves para descifrar los enigmas y el misterio concebido en las entrañas de su existencia.

Indago entre el dolor y la fiebre, entre los velos del amor y la soledad, la veraz profundidad de sus huellas. Este acto me condena a una indefensión sin precedentes ni atenuantes y, al mismo tiempo,  es la fuente de donde extraigo el semen, la levadura, caricias y el temblor necesario para seguir andando con los ojos del corazón abiertos y contemplar indulgente, sin enloquecer ante sus cuadros, los desbordes, los engendros  y las formas más violentas de la inconciencia humana.

¿En qué consiste la arbitrariedad en la búsqueda de un verbo que abarque en sí mismo todos los vericuetos de la vida subjetiva, las conmociones de la sangre, las partituras de los sueños, los abismos y las cumbres?. ¿Cuál es la sustancia innominable que palpita en cada certeza y presentimiento y que, sin embargo, se ubica siempre más allá de la expresión?.

En la suma de juegos y las máscaras que conforman el valle de la infancia, el mar de la juventud, el fuego de la voluntad creadora, veo fundirse y plasmarse una visión geográfica, una corriente de sangre desamparada, un mapa de las huellas que seguirán marcando el recorrido en el eterno retorno de las fuerzas vivas.

Por debajo de la puerta de mi conciencia se escurren visiones venturosas provenientes de otras profundidades. Aseguran que me concierne seguir cantando y que mis cantos contengan la pasión y el fuego para quemar tanta escoria fundida a los huesos de la memoria en esta gota de universo y tendida en las habitaciones del recuerdo repasar serena los instantes atrapados entre las redes del tiempo.

Aunque no conozca los rostros ni los nombres de quienes leerán mis garabatos y se identificarán de alguna forma con mis huellas impresas, ni llegue a reconocer mi paz y mis delirios en sus ojos, con ellos aunque lo ignoren habré compartido mi intimidad más libre y venturosa.

Aunque mi escritura no alcance a proteger en su regazo a la niña que aprendió a silabear las palabras que enraizarían el contenido de sus saltos y correrías en la tierra fértil del lenguaje,…

aunque sea un vínculo casi ciego la cadena entre el deseo de escribir, que con fuerza insondable irrumpió en los ríos de mi sangre en los albores de mis días, y las páginas sueltas que escribo en la eterna escucha de mí misma y del latir del mundo,…

aunque mis hijos poemas hayan sido partos venturosos en medio de las tareas domésticas y en ellos encube las semillas de mis búsquedas y hallazgos, de mis errores y aciertos, de las visiones que nacen en una constelación desacostumbrada,…

aunque cada vez cambie de sentido lo que escribo como cambia de sentido la emoción, el canto, el grito, y pueda aún así reconocer en los espejos de la escritura el tejido perdurable de mi historia,…

aunque apoye en los pilares del lenguaje el peso de mi identidad y no tema más desnudar mi intimidad entre los velos de la vida pública,…

aunque al defender mi derecho a esgrimir la palabra como un arma contra laguerra, la  injusticia, la desposesión,  la soledad¸ me condene a la frustración o al silencio,…

aunque escriba para recrear los avatares de la memoria o para ser fiel a mi vocación de nombrar en la unidad las diferencias, los matices en la acuarela de la realidad,…

aunque no haga otra cosa…

mi relación con la poesía sigue siendo el puente huidizo que tiendo cuando intento ganar la otra orilla de mi misma, allí donde cesan los naufragios y enciendo los faroles, en un puerto más allá del bien y del mal, para conmemorar la ausencia y olvidar que vivo exiliada del paraíso.

 

(Capítulo de la obra inédita: “Las Palabras Contadas”)

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