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El sub

Grizel Delgado (2020)

Sorry, this entry is only available in European Spanish.

El Sub 

Hoy quedé con Monika en Lichtenberg. Me citó hace una semana en el Katzencafé, posiblemente el primer café hipster de la zona B, fuera de la zona céntrica de Berlín y cuya atracción principal no son los cinco gatos que siempre están ahí, sino los pasteles de la casa. El café queda a una hora de donde vive ella. Es la primera vez en nuestra relación que repetimos lugar, lo cual es mucho decir, llevamos poco más de tres años saliendo. Quiere hablar conmigo. De la emoción, me he venido a pie los siete kilómetros de camino. Seguro que desea que volvamos a la zona A, como la gente normal. Lo presiento. Conocí a Monika cuando yo vivía en la casa de Víctor. Ella todavía tenía dos piercings en el labio inferior y llevaba rastas. Coincidimos en la estación de metro Berliner Straße, una de aquellas estaciones de Berlín donde es imposible orientarse. Estaba un poco perdida y llevaba prisa. Yo no tenía ganas de volver a casa y alimentar al gato de Víctor. Así que me detuve a ayudarla. 

—¿Adónde vas? 

—¿Español? 

—Mexicano —corregí—. ¿Por dónde quieres salir? 

—Voy al bar badenscher Hof. 

Le expliqué en siete frases mal construidas cómo salir de la estación y en quince cómo no saldría. Ella encontró mi explicación muy confusa. Le volví a explicar todo, pero a la tercera frase ni yo supe qué quería decir. Le propuse acompañarla. 

—¿Eres de Berlín? —le pregunté mientras salíamos de la estación. 

—Sí, vivo por Dahlem —hizo una pausa—. ¿Y tú en qué parte de la ciudad vives? 

—Ahora por aquí, en la calle Tharandter. 

—¿Y luego te vas a mudar? 

—No exactamente. Después me voy a Mitte. Una amiga necesita que riegue sus plantas, se va unos meses fuera. No tengo casa fija. 

—Ajá —torció la boca y se mordió un piercing—. ¿Vas de casa en casa? 

—Sí. 

—¿Desde cuándo? 

—Dos años, creo. 

—¿En Alemania? ¡Imposible! ¿Y tu correo postal? 

—Tengo buzón postal. 

Sonrió y ahí me di cuenta de que tenía una sonrisa preciosa, pero no le dije nada, porque si se lo decía evidentemente pensaría, “latino”. Yo lamentaba que mi alemán fuera tan básico que no alcanzara a pedirle su teléfono de una manera ingeniosa. De repente reconoció la calle y avistó el bar.

—Llegamos. Gracias por tu tiempo… 

—Luis. Me llamo Luis. 

—Mucho gusto, Monika. 

—Toma mi tarjeta, por si te pierdes por el barrio o necesitas que cuide de tus plantas. Tomó la tarjeta y la guardó sin leer. Yo atravesé la Berliner y seguí por la Landhaus, el gato seguramente tendría hambre. Monika me llamó una semana después. Yo ya estaba instalado en Mitte en casa de Cecilia y miraba libros de fotografía tomando el sol en el balcón. Quedamos para un paseo en Hansaplatz, un punto intermedio según ella; yo la habría citado en Nollendorfplatz, que era ideal para ambos, pero al ser la zona rainbow de Berlín, tenía el pequeño inconveniente de que ella pensara que yo era gay o bisexual. Empezamos nuestro paseo al lado del río, por la Wikingerufer. Me preguntó si la Ciudad de México también era atravesada por ríos. Le dije que en México fluían dos, el río Churubusco y el río Piedad. Ella se sorprendió mucho porque tenía otra imagen de la megalópolis. Entonces agregué que ambos iban cargados de coches y que un tercer río, el Magdalena, por cuestiones de seguridad nacional ya sólo fluía subterráneo. Pero no entendió mi humor. Supongo que por eso sacó un tono seco y distante, como si hablara con un turista. Me contó del Muro, de la Segunda Guerra y de aquellas placas doradas en el adoquinado, las Stolpersteine, que uno encuentra en el piso en memoria de los judíos víctimas del holocausto. No me atreví a interrumpirla y decirle que ya sabía eso. Quería escucharla hablar. Cuando atravesamos la calle Lessing, me dijo que por ahí debía estar la casa del autor. Yo le dije que estaba en el barrio Nikolaiviertel. En casa de un cliente había hojeado libros de bachillerato y sabía bien que con el tal Lessing torturaban a los alumnos alemanes. De lo que leí del autor no recordaba nada, pero sí de la introducción con una foto en blanco y negro de la casa. Ella buscó la información en el celular. Al leer la respuesta se mordió el labio y guardó el teléfono en su mochila. 

—¿Estudias Historia? 

—Estudiaba Filosofía, pero se me acabó la beca —contesté. No quería confesarle que a causa de mi corazón roto jamás conseguí terminar la tesis—. Ahora me dedico a cuidar pisos. 

—¿Por qué en tu tarjeta dice “Sub”? 

—Sub de “subalquiler”. Así me conocen amigos y clientes. 

—Ya… ¿Se gana bien? 

—Suficiente.

Seguimos caminando sin decir nada. Si mi alemán hubiera sido fluido le habría enlistado lo práctico que es no aferrarse a las cosas. Pasamos por un par de edifi cios de la Universidad Técnica. De repente, ella empezó a contar cosas personales. Me dijo que su abuela había estudiado en la Universidad Libre. Estuvo en la primera generación, recalcó, cuando no había campus ni nada y las primeras clases las daban donde se pudiera. A su abuela le tocó en un establo, estudió para ser profesora. Monika se decidió por Ciencias Políticas. Y mientras hablaba de cómo le encantaba vivir en una ciudad tan llena de historia, yo pensaba en el último paseo que hicimos Martha —mi ex— y yo. Terminamos frente a la catedral. “Se está hundiendo mucho”, dijo aquella vez. Y yo susurré “y debajo pirámides aztecas”. Creo que fue lo último que comentamos antes de despedirnos. No sé si notó que me quedé callado, pero, cuando nos detuvimos en la Helmholtzstraße a ver cómo tiraban edifi cios para construir después departamentos impagables, volteó a verme. 

—¿Te sientes bien en la ciudad? —preguntó y se ató sus rastas en una cola.

Antes contestaba que era una maravilla haber llegado a Berlín como daño colateral de un corazón roto y gracias a una oportuna beca de posgrado en el extranjero. Pero la respuesta había cambiado con el tiempo. 

—Sí, sí. Tengo amigos por toda la ciudad —y en ese momento recordé que no había regado las plantas de Cecilia. 

—¿En dónde? 

—Charlottenburg, Wilmersdorf, Friedrichshain… Y clientes en todos esos lugares. Por eso conozco bien la ciudad. 

—¡Cualquiera puede decir eso! A ver, ¿calle Weser? 

—En dos barrios, Neukölln y Friedrichshain. 

—¿Museo judío? 

—Fácil. En Kreuzberg. Hay que bajarse en Hallesches Tor. Le contesté quince preguntas seguidas, todo lo que nos tardó recorrer la Gotzkowskystraße. Se mordía fuerte el labio, no le gustaba nada que yo supiera las respuestas. Cuando atravesamos la Turmstraße, un grupo de adolescentes turcoalemanas miraba un escaparate que mostraba los pañuelos de moda para el pelo. Monika se las quedó mirando.

—¿En qué barrio vive Thilo Sarrazin? —preguntó. 

—¿Ese ex político que habla de inteligencia y genes y quiere echar a los musulmanes de aquí? … ¿En Zehlendorf con los ricachones? 

—No —y sonrió. 

—¿Dónde? 

Ella se quedó con la respuesta en los labios porque justo entramos a calles que yo no conocía. ¿Estaríamos en Wedding?, pensé. A ella le gustó verme desorientado. Me atreví a tomarla de la mano, era como si la ciudad nos hubiera guardado una sorpresa. Desde ahí hicimos un acuerdo tácito: siempre salir a lugares que alguno de los dos no conociera, sin repetirlos. En esos paseos hablábamos de todo. Ella quería saber de mis clientes, cómo vivían, qué tenían en sus libreros, cómo eran sus muebles. Con el permiso de Víctor y Cecilia, la llevé a conocer sus pisos. Después visitamos el de unos clientes abogados. Alucinó con la cantidad de antigüedades que tenían en la sala. También había ocasiones en nuestros paseos en las que me contaba por qué cierta calle se llamaba de tal o cual manera. Casi siempre terminaba contándome cómo el maldito capitalismo estaba acabando con su país. De la nada decía que por eso le encantaba mi actitud política frente al sistema: sin casa, sin muebles, cero posesiones. Entonces, y si estábamos cerca del piso a cuidar, me golpeaba el hombro para que la llevara ahí a tener sexo: encima de camas desconocidas, o de antigüedades, o en la habitación de los niños. Yo no me atrevía a decirle que no se trataba de una cuestión de principios, sino de algo que empecé a hacer por necesidad y sin querer resultó más rentable de lo que pensaba. Los paseos con Monika se volvieron frecuentes. Sólo los interrumpíamos en invierno, la temporada más dura en mi trabajo porque había muchos clientes que me dejaban su piso y había que peregrinar por toda la ciudad llevando lista en mano para no errar con los alimentos de las mascotas ni las veces de riego. Yo no podía aprovechar las bibliotecas personales ni los discos de mis clientes. Había que mudarse continuamente y eso me estresaba. Pero Monika no me reclamaba nada. Entendía cuánto me agobiaba esa logística y me dejaba en paz. Vernos con tanta frecuencia y con la regla de no repetir calles tuvo sus consecuencias. En nuestro segundo año juntos, mientras mirábamos el mapa en la Sonntagstraße nos dimos cuenta de que nos quedaban a lo sumo seis calles sin ver en la zona A, pero no dijimos nada. Tal vez ambos pensamos que ahí había acabado todo. Y que era estúpido continuar con nuestra relación en la zona B. Ese día me llevó a la fuente de los hipopótamos, una plazuela que por alguna razón que no quiso confesarme le recordaba Nueva York. Nos recargamos en la pileta circular y ella me contó que el hipopótamo que veíamos ahí en realidad era una réplica, el original lo habían robado. 

—¿Cómo alguien se puede llevar un hipopótamo de una tonelada sin que nadie lo note? 

Ella se encogió de hombros. Una pareja pasó frente a nosotros y arrojó una colilla a la fuente. 

—Ahora con la maestría casi no tendré tiempo —dijo y yo pensé en que en nuestro último paseo Martha y yo no entramos a ver la catedral, pero sí vimos los murales de Palacio Nacional. 

—Además, tengo que buscarme un trabajo de medio turno. Te llamo la próxima semana. 

No lo hizo. Supuse que ese lugar le recordaba a la Gran Manzana por el sabor a despedida que la fuente emanaba. Estuvimos casi un mes sin contacto. En dos años de paseos, de repente no recordaba cómo se sentía deambular sin decir palabra, la extrañaba. Fue cuando me salió el primer cliente en la zona B, cerca de la antigua embajada de Irán en la ahora inexistente RDA, que decidí llamarla yo. Me parecía una pena que no viniera conmigo a estos sitios que ella seguramente tildaría de alternativos y le recordarían mi actitud política frente al maldito sistema capitalista. La cité en la zona B. Se alegró y se disculpó por no haberme contactado. Inauguramos los paseos fuera del centro el día que ella se despidió de las rastas y empezó a trabajar para una cadena de café.

Primero, y a pedido suyo, quedamos en el lado occidental porque estaba mejor conectado. Visitamos unos lagos e incluso una vez fuimos a Dahlem a ayudar a sus ex compañeros con una mudanza, tenían que dejar los dormitorios estudiantiles. Luego la cambiaron de sucursal y tuvimos que quedar en el lado oriental. A mí ese lado me parecía desdibujado, además a Monika le quedaba muy lejos de la universidad y la casa. A veces llegaba muy cansada, caminábamos un poco y los paseos se acababan pronto. Yo pensaba que parte del problema era lo que veíamos, sobre todo los Plattenbau, edificios sin chiste alguno en avenidas amplísimas, pero vacías de gente. Una vez en un paseo no dijimos nada, esa noche Monika me mandó un mensaje quejándose de esos deprimentes multifamiliares por donde uno no se atrevía siquiera a conversar. No hablar era una de las reacciones que le provocaba la zona, la otra era hablar de temas aún más deprimentes que los Plattenbau, como la pensión o el seguro de desempleo. Yo sufría por ella porque finalmente era la única chica que me aceptaba tal cual era y no me gustaba verla así. Para intentar consolarla le contaba también de mis problemas para que así viera que no estaba sola. Le conté que algunos clientes de la zona A pronto se mudarían a otra ciudad y otros todavía no me pagaban. Le decía lo difíciles que eran los clientes de la zona B. No paraban de pedir descuentos y entendían por “cuidar el piso” renovación del mismo. Huyendo de esos paseos por lugares grisáceos fue como entramos al Katzencafé. Allí compartimos un pastel de zanahoria y me habló sobre la velocidad a la que se estaba gentrifi cando la ciudad y los costos que ocasionaban las personas mantenidas gracias a la ayuda social —mencionando datos de economistas que ahora eran sus profesores—. Yo pensaba, mientras tanto, en que desde que quedábamos en la zona B, a ninguno de los dos se nos ocurría terminar el paseo en el piso de algún cliente. No sabía si era por lo deprimente de la zona o por el cansancio de ella, pero ése no era el momento para preguntarle. Tal vez no habíamos dado con las calles indicadas todavía. 

O, pienso ahora mientras la espero, tal vez en la zona B no hay calles para ello. Supongo que por eso Monika me citó aquí, en nuestro primer café fuera del centro, para que volvamos a la zona A. Allí viene. Al ver que ya llegué y que estoy aquí sentado con mi capuccino y un pedazo de pastel, sonríe y casi siento la misma emoción de nuestra primera cita. Me saluda y no para de hablar, que los credit points de la maestría, que acabó un libro excelente sobre migración en Europa. Hasta que se le acaban los temas. Estoy a punto de robarle las palabras para que por fi n lo diga y volvamos al centro. Pero espero, me llevo un pedazo de pastel a la boca.

—Estaría bien vivir en Lichtenberg… —se muerde el labio como si tuviera todavía piercings—. Vi un piso ayer. 

Me quedo con el bocado sin tragar. Me había contado que ya no podía quedarse en los dormitorios estudiantiles, pero ¿cambiarse a Lichtenberg? 

—Tal vez no —y al decirlo recuerdo esos edificios cenicientos que sobresalen entre terrenos baldíos y en este momento nos están rodeando. 

—¿No crees que ya es tiempo de que desarrollemos rituales como las demás parejas? —agrega y me quita el tenedor de la mano— ¿No te gustaría poder volver a los lugares que nos gustaron? 

—Por supuesto —contesto un poco confundido. 

Uno de los gatos del café le brinca al regazo. 

—¡Qué mono! Se acuerda de mí —le rasca el mentón— Quiero que te mudes conmigo a Lichtenberg —lo dice con todas sus letras, como si fuera cualquier cosa. 

—¿Y nuestros paseos? —no sé si una cafetería con gatos sea el mejor lugar para discutir el asunto. 

—Los seguiremos teniendo —replica—. Sólo se trata de vivir juntos. 

—Ajá. 

—Son buenos pisos —toma el móvil para mostrarme fotos—. Además, tú a veces te quejas de todas las cosas que pierdes en los pisos que cuidas. 

Es verdad que es un jaleo no recordar dónde dejé mi cepillo de dientes y que sería práctico no llevar a todas partes una mochila con una muda de ropa por si se ofrece. Le acaricio el lomo al gato. 

—¿Y mis clientes de la zona A? ¿Está bien conectado? —voy pensando en qué cosas me gustaría dejar en Lichtenberg que no necesitaré conmigo. 

—No, no. Es para que despertemos juntos. Te buscaríamos un trabajo. No tiene que ser ahora, poco a poco —y se ata el pelo que ya no tiene rastas—. 

Cuando lo dice siento que me roban de tajo los más de cincuenta departamentos que he conocido. 

—Poco a poco —repito sin convicción. 

Me ofrece ahora un poco de pastel. Yo preferiría que estuviéramos caminando. Pero ella no para de acariciar al gato. Planea paseos en la zona A. Hay muchos lugares a los que quiere ir otra vez conmigo. Todos al final van a acabar y nos regresarán a Lichtenberg, pienso. Me doy cuenta de que ya no pasaré las tardes en el balcón de Cecilia, despidiendo el día; ya no tendré que buscar tazas y cafetera por las mañanas cuando me prepare el desayuno. En nuestro piso reconoceré todo, aunque sea poco a poco. El gato se eriza y se va de su regazo. 

—¿Qué dices? —se termina mi cappuccino y sonríe.

¡Qué linda sonrisa!, pienso. En el celular hace un zoom a la fotografía del balcón. Uno de los gatos pasa cerca, acaricia mi pierna y se va. Monika se come el último pedazo de pastel, luego me abraza. Pienso en cómo se sentía despertar y saber dónde ha amanecido uno exactamente, si con la cabeza al norte o al sur. Pero ya no me acuerdo. Llevo años sin hacerlo. Berlín es una ciudad que se puede recorrer en tres años, dos meses y tres días. De verdad que su sonrisa me hará falta.

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