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Fake Johny

Mara Mahía (2020)

Sorry, this entry is only available in European Spanish.

Pitágoras era un borracho. No lo digo yo, lo leí en alguna parte, creo. Pero en realidad, no sé por qué me da por pensar en Pitágoras. O tal vez sí. Será porque llevo más de una hora mirando ese cuadro colgado frente a mí. Siempre pensé que era de Klee, pero ahora me doy cuenta que no. De todas formas todos esos 9s, números 9,  y esos 6s, números 6, patas arriba, me hicieron pensar en Pitágoras. (Aunque lo cierto es que si no estuviera donde estoy, seguramente me habrían hecho pensar en el último nudo sexual, en el que me enredé como un sesenta y nueve.) Pero estoy donde estoy , mirando a este cuadro lleno de esos dos números repetidos una y otra vez, con constancia de penitente. Por eso se me ocurre que seguramente es cierto que Pitágoras era un gran borracho. Los antiguos griegos eran muy dados a todos los placeres, tanto se daban al trapecio matemático, como al vino y a los efebos. Pienso todo esto, porque insisto en mirar al cuadro. Insisto en mirar al cuadro, porque no quiero mirar a mi alrededor. No quiero mirar a mi alredor porque igual me da por hablar en voz alta y maldecir, como cuando entré en esta sala. Entré, miré y exclamé en voz muy baja (si es que se puede exclamar en un susurro): Jesus Fucking Lord!

La sala de espera está llena de judíos hasídicos obesos. No está llena a rebosar, pero si las salas de espera tuvieran un límite de peso como los ascensores, esta con seguridad tendría un exceso de peso. De ahí que para poder sentarme tenga que tomarme unos segundos, para buscar con cautela un asiento vacío. Tiempo suficiente para encontrarme absurda, plantada en mitad de la sala, donde acabo de maldecir. Allá, al lado del más gordo, aunque no tengo claro cuál es el más gordo. Definitivamente no lo tengo claro, pero mi compañero de asiento parece el más joven. Aunque también es verdad, que entre tanta ropa negra, tanta barba y tantas greñas, no hay forma de adivinarle la edad a nadie. Me siento medio de lado. Me siento medio en el bordillo de un asiento bien cómodo. Me siento como están sentados los demás, medio mal sentados. Me doy cuenta, en cuanto me siento, que estamos mal sentados, porque todos estamos sentados en la sala de espera de un proctólogo. Me siento. A pain in the ass. Me siento frente al cuadro que no es de Klee y lo miro durante una hora por lo menos. 

Se me ocurre que todos los que estamos aquí esperando, tenemos el recto hecho un ocho. La idea casi me hace sonreír, pero en vez de una sonrisa me sale una mueca de contorsionista. Todos compartimos un ocho o varios números ocho, lo cual no es solo un vía crucis, sino que también es una ironía enorme. Una ironía tan inmensa, que tiene que ser producto del oxycodine. Así que vuelvo a repensar la ecuación: mis compis hasídidos y sus rectos hechos un ocho. El ocho era el número estrella de Barrio Sésamo hasta que los ultraderechistas se lo agenciaron para su usufructo. Ahora según estos, dos ochos juntitos, representan dos hs juntitas, que juntitas representan el saludo más aberrante en la historia de la humanidad. No sé cómo llegué a esta reflexión, pero decido dejar de hacer ecuaciones imprudentes y regresar al cuadro.

Observo los números al derecho y al revés. Las palabras sin ton ni son. Me gustan las palabras sin ton ni son. Solo después de un rato largo me doy cuenta que están escritas en español. Me hace gracia que estén escritas en mi lengua materna, pero no me sorprende, casi como que me lo esperaba. Me entretengo en buscar la firma del artista, pero lo único que alcanzo a distinguir son varios pares de tetas, la puerta de un aula de cuarto grado y una A y una Z, AZ o PAZ. Decido que PAZ debe ser el nombre de la artista y eso me tranquiliza. Después de un rato de ignorar a mis compis de sala, bajo la mirada y al hacerlo me doy cuenta que tengo un sueño terrible. Doblo el cuello y miro los zapatos de mi compañero de asiento. Tienes pies inmensos y unos zapatos negros de cordones, relucientes.  Ahora llega una enfermera o una mujer que viste bata blanca y dice un nombre lleno de kas y zetas y uve dobles, y más doble uves y más kas y más zetas. Entonces mi compañero deja el National Geographic y se levanta rapídisimo, agilísimo, mientras lo miro disimulando mi asombro. No imaginé que pudiera moverse con tal ligereza. Tomo la revista que reposa en una de esas mesas sin alma, que alguien se dedica a poner en las salas de espera de todo el mundo. Pero antes de abrir el ejemplar, me fijo también en los muebles donde se sientan estos señores de aspecto serio. Me fijo en las sillas, los sillones, en los sofás, me fijo en las cortinas, en las luces y decido no fijarme más porque siento que me va a dar una sobredosis de feísmo. Me centro en la revista pero no consigo evitar mirar de reojo al cuadro. Lo vigilo, se me ocurre que igual cuando no lo observe los 9’s se darán la vuelta y se harán 6’s y los 6’s se harán 9’s. No entiendo bien por qué, pero la posibilidad de ese cambio me inquieta terriblemente. 

Mirando los números de reojo pienso en Nadia Cománeci y su 10 perfecto. Fue en las Olimpiadas de Montreal de 1976, cuando Cománeci tenía solo 14 años. Dicen que entonces la marca Omega, fabricante de los cronómetros que se usaban para puntuar a las gimnastas, no había sido programada para mostrar un 10. La puntuación máxima que según los ingenieros de Omega, podía alcanzar una gimnasta era 9.99. Unos minutos después de que Cománeci terminara su ejercicio, el marcador mostró 1.00, en lugar de 10. El público y los mismos jueces quedaron perplejos. El equipo rumano se llevó las manos a la cabeza Y por una décima de segundo, la niña Nadia sintió que los párpados le iban a reventar. Luego sí, un segundo más tarde, las lacrimales estallaron cuando los jueces clarificaron la puntuación perfecta. Ahora mientras discretamente vigilo el cuadro, me pregunto de qué color se les puso la cara a aquellos ingenieros de Omega, cuando Nadia les partió en mil pedazos su techito de hombrecitos de cristal. También me pregunto cómo le irá a Nadia. En algún lugar leí que se vino a vivir a este país. Los números me vuelven a provocar una incertidumbre insoportable, así que miro un par de fotos de la National Geographic y luego otra vez miro de soslayo al cuadro. También miro de soslayo a un señor hasídico muy gordo y viejo que tiene una nariz fascinante. Me da vergüenza que se de cuenta que me he enamorado de su nariz. No es la primera vez que me pasa y sé dónde puede acabar mi obsesión con una nariz. Así que me obligo a fijarme en las páginas de la revista. 

Leo un título que dice: “Fake Feminism: The Best Masculine Hook-Up Tool” Me pregunto que será Fake Feminism mientras miro unas cuantas fotos de hombres atractivos, femeninos, algunos con las uñas pintadas de azul y los ojos un poco maquillados. Un pie de foto dice: “Since Johny (38), started using blue nail polish and defining himself as a queer feminist, his sexual life has improved dramatically. Yet, with his male friends, Johny’s feminism becomes again a locker-room sexist speech”.  Reflexiono unos minutos sobre la hipocresía de Johny. Luego reflexiono un poco más y me dan ganas de tomar el metro hasta “Pig Heaven” en Mott Street. Me dan ganas de entrar en ese restaurante de Chinatown, donde dicen que sirven las mejores costillas de cerdo de la ciudad y donde sé a ciencia cierta que el viejo Lui, (uno de los pinches de cocina emigrado de Shangai en las tripas de un pesquero, hace por los menos 60 años); trafica con armas compradas a policías corruptos. Me dan ganas de entrar y comerme unas costillas de Peking a la naranja, y después negociar con Lui por una de esas pistolas de la NYPD y una caja de municiones. Una caja de doce balas, de esas que usan ahora, que se revientan, explotándolo todo, cuando hacen impacto. Me dan ganas de hacer esa compra, que no serán más de 100 pesos y luego, antes de leer mi Fortune Cookie, llamar al periodista de National Geographic y preguntarle por Fake Johny. Me dan ganas de enredar al gacetillero, de contarle una historia creíble y urgente, de confundirlo y engañarlo sin ningún pudor. Me dan ganas de embaucarlo como hace Johny, hasta conseguir la dirección de ese feminista de pastel. Me dan ganas de luego irme a Penn Station y tomar un autobús de Greyhound hasta Baltimore, Maryland, que es donde parece que vive este Fake Feminist de manicura fulera. Me dan ganas de buscar a Johny, encontrarlo y sin ninguna explicación, mirarle profundamente a los ojos y reventarle los intestinos mentirosos a golpe de Beretta. PAM, PAM, PAM, PAM, PAM, PAM… Me dan ganas de darle la vuelta al 6 y hacerlo 9: PAM, PAM, PAM. Me dan ganas de sacarle una Polaroid a las vísceras de Johny, todas desparramaditas por una acera orinada de Baltimore. Luego parece que me dan ganas de vomitar, pero son solo náuseas de la grasa de las costillas o del oxycodine. Pero sí que me dan ganas de regresarme aquí y de volver a sentarme entre mis compinches hasídicos. Me dan ganas de continuar esperando a que llegue alguien de bata blanca, a pronunciar mi nombre, que no tiene kas, ni uves dobles, ni zetas. Mientras espero, me dan ganas de colgar mi Polaroid con los intestinos reventaditos de Fake Feminist Johny, al lado de este cuadro embriagado de Pitágoras, que aún está frente a mí. Mientras espero, vuelvo a abrir el National Geographic para no tener que mirar a mi alrededor. Para no tener que vernos a todos mal sentados, en la sala de esta consulta, de este afamado proctólogo de Park Avenue. Para no tener que recordarle a nadie que aún me sobran tres balas revienta-entrañas, y para no tener que exclamar otra vez en voz bajita: Jesus Fucking Lord! 

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