{"id":15804,"date":"2021-03-30T10:30:33","date_gmt":"2021-03-30T08:30:33","guid":{"rendered":"https:\/\/stadtsprachen.de\/en\/?post_type=stsp_text&#038;p=15804"},"modified":"2021-03-30T12:26:52","modified_gmt":"2021-03-30T10:26:52","slug":"el-tamano-de-las-cosas","status":"publish","type":"stsp_text","link":"https:\/\/stadtsprachen.de\/en\/text\/el-tamano-de-las-cosas\/","title":{"rendered":"El tama\u00f1o de las cosas"},"content":{"rendered":"<p>Esa ma\u00f1ana despert\u00f3 con una sensaci\u00f3n extra\u00f1a. Sent\u00eda que le hac\u00eda falta algo o mejor dicho, sent\u00eda todo lo opuesto: que algo le sobraba. Encendi\u00f3 la estufa, prepar\u00f3 un caf\u00e9 y contempl\u00f3 el ritmo de la ma\u00f1ana mientras se dirig\u00eda a su trabajo.<\/p>\n<p>Aquel sentimiento lo acompa\u00f1\u00f3 el resto del d\u00eda mientras daba c\u00e1tedra y aument\u00f3 cuando repasaba el pensamiento socr\u00e1tico con una tiza\u00a0 muy peque\u00f1a. All\u00ed percibi\u00f3 que el pizarr\u00f3n se acercaba unos cent\u00edmetros. Termin\u00f3 de escribir una frase que relacionaba la sabidur\u00eda con el reconocimiento de la ignorancia propia y sali\u00f3 rumbo al sal\u00f3n de maestros para tomar un vaso con agua. Un agotamiento inusual le nac\u00eda en los hombros. Pero siempre crey\u00f3 tener una salud de roble, as\u00ed que se dijo a s\u00ed mismo: ser\u00e1n los achaques de la edad.<\/p>\n<p>Cuando lleg\u00f3 el verano ya se hab\u00eda percatado de que el evento en la universidad era apenas la manifestaci\u00f3n embrionaria de algo mayor. Y ello se revel\u00f3 de nuevo cuando jugaba ajedrez en la federaci\u00f3n. El contacto y liviandad de aquel alfil en sus manos lo hab\u00eda perturbado de tal manera que ni siquiera intent\u00f3 hacer el jaque. Luego en las postrimer\u00edas del juego se le ocurri\u00f3 que tal vez se trataba solo de una molestia f\u00edsica que pasar\u00eda pronto. Sin embargo a las semanas siguientes sinti\u00f3 que su situaci\u00f3n se agravaba y la idea de ir con el m\u00e9dico para ser usado como conejillo de indias no le parec\u00eda una soluci\u00f3n. Hab\u00eda notado tambi\u00e9n que en la oficina del decano, cuando intentaba usar el teclado para escribir una carta, marcaba dos letras en lugar de una. Y cuando tom\u00f3 un clip para prensar las hojas le fue casi imposible sacarlo de una caja que le pareci\u00f3 m\u00e1s estrecha que de costumbre. Su condici\u00f3n poco a poco se volv\u00eda precaria y nac\u00eda en su esp\u00edritu un leve presentimiento sobre el tama\u00f1o de las cosas.<\/p>\n<p>En el tren lo aquej\u00f3 la idea de que todo a su alrededor se estaba haciendo peque\u00f1o y cuando reci\u00e9n sal\u00eda de un t\u00fanel y ca\u00eda en un extenso puente que cruzaba lo ancho de un lago, record\u00f3 por puro azar de la memoria, la teor\u00eda de aquel f\u00edsico brit\u00e1nico que dec\u00eda que el universo y el mundo con \u00e9l se estaban expandiendo. Su cerebro con seguridad le jugaba aquella treta para que vislumbrara la ant\u00edtesis de esa idea. Acaso era posible que el mundo en lugar de expandirse se estuviera reduciendo. Y si eso era cierto, cab\u00eda la posibilidad aberrante de que todos los seres humanos se redujeran y solo \u00e9l mantuviera su tama\u00f1o natural. Entonces pens\u00f3 como pod\u00eda ser la vida de un gigante y se vio como la atracci\u00f3n m\u00e1s alucinante de un circo internacional y luego se imagin\u00f3 en un enorme laboratorio de la NASA mientras le introduc\u00edan tubos en todos los orificios. Nada pod\u00eda tener un buen final. Incluso si el mundo se estaba reduciendo ello implicaba que la extinci\u00f3n de la vida estaba muy cerca, pero igual le pareci\u00f3 algo inconcebible.<\/p>\n<p>Al llegar a su casa sac\u00f3 una cerveza de la nevera y se tumb\u00f3 en el sill\u00f3n de la sala. Se qued\u00f3 en la penumbra d\u00e1ndole vueltas al asunto y call\u00f3 en la sensatez de decirse a s\u00ed mismo que todo problema tiene una soluci\u00f3n. Y sin estimar de nuevo la posibilidad de la locura y como removido por un \u00edmpetu que solo da el alcohol, se levant\u00f3 precipitadamente e hizo lo que debi\u00f3 hacer desde el principio: baj\u00f3 al s\u00f3tano, sac\u00f3 de la caja de herramientas un metro, tom\u00f3 un marcador que estaba\u00a0 en una estanter\u00eda, volvi\u00f3 a subir, se coloc\u00f3 en la pared que daba a la cocina y sin quitarse los zapatos hizo una peque\u00f1a marca justo a la altura de su cabeza. Cu\u00e1l fue su sorpresa al observar que segu\u00eda midiendo lo mismo. Se qued\u00f3 perplejo algunos segundos y call\u00f3 en la cuenta de su torpe error. As\u00ed que decidi\u00f3\u00a0 medir la pared. Los primeros dos metros los midi\u00f3 parado sobre el suelo y para el \u00faltimo tramo se arrim\u00f3 una silla. Pero su decepci\u00f3n fue mayor, med\u00eda lo que ten\u00eda que medir: tres metros de piso a techo. Luego pens\u00f3 que si las cosas se reduc\u00edan en igual proporci\u00f3n lo mismo deb\u00eda ocurrir con el metro y todo aquello resultaba in\u00fatil. Entonces regres\u00f3 enfurecido a la sala y se empin\u00f3 la botella. Cuando la dejaba sobre la mesa de centro el solo contacto con su estructura fr\u00eda le devolvi\u00f3 aquella sensaci\u00f3n de extra\u00f1amiento sobre las cosas. La realidad result\u00f3 ser m\u00e1s tr\u00e1gica que sus presunciones cient\u00edficas, porque el mundo no se estaba reduciendo, eran sus manos las que estaban creciendo. Tama\u00f1a revelaci\u00f3n solo lo abism\u00f3 m\u00e1s en su agon\u00eda.<\/p>\n<p>Ya los d\u00edas se hab\u00edan vuelto borrosos. Mientras caminaba en la calle Santander meti\u00f3 las manos en los bolsillos del saco, no quer\u00eda que nadie notara sus dimensiones monstruosas. Pero lo que m\u00e1s le incomodara era su peso. Apenas si caminaba una cuadra y sent\u00eda que dos mazos de plomo pend\u00edan de sus extremidades. Mir\u00f3 en lo alto unos chopos que se dilu\u00edan. El trino de las chorchas le pareci\u00f3 p\u00e1lido y pens\u00f3 que a ese ritmo muy pronto podr\u00eda tocar el cielo. Al regresar a su casa las calles estaban vac\u00edas as\u00ed que dej\u00f3 caer los nudillos sobre el suelo. Dos hilos pedregosos de sangre iban quedando tras su paso.<\/p>\n<p>Cuando ca\u00eda la noche se refugiaba en una cena ins\u00edpida que solo un hombre solitario puede disfrutar. Se llevaba con desgano un bocado tibio y la cuchara se le resbalaba al piso, como un ni\u00f1o que est\u00e1 aprendiendo a comer. Harto de la situaci\u00f3n se fue al ba\u00f1o y se lav\u00f3 la cara. Sinti\u00f3 un alivio indescriptible. El agua fresca era lo \u00fanico que ba\u00f1aba sus manos sin recordarle lo evidente. Solo aquel l\u00edquido incoloro y sin dimensiones lo recib\u00eda en su lecho ef\u00edmero. Entonces se sinti\u00f3 como Tales de Mileto contemplando una sustancia infinita.<\/p>\n<p>A partir de ese momento y movido por la insana atenci\u00f3n que los enfermos prestan a una dolencia, aquel catedr\u00e1tico encorvado sinti\u00f3 que los dedos y el nudo de ranuras indescifrable, simplemente se le escapaban. Las noches se hicieron m\u00e1s extensas al lado de aquellos bultos que palpitaban como dos corazones ajenos. Se quedaba mirando su estructura, perdido en un borrador que aparec\u00eda en su cabeza, como si escribiera la historia secreta del tacto.<\/p>\n<p>Entonces en pleno goce de sus facultades mentales y ya sitiado por el peso y la ausencia de sus manos, se dedic\u00f3 a recordar el breve paso de su tacto por el mundo. Un riachuelo de huellas dactilares fue apareciendo en la penumbra. Primero la textura de una bufanda, el filo de una navaja, la piel de un lagarto, la intensidad del fuego, las espinas de un cactus, la solapa avejentada de una enciclopedia, unos labios suaves, la portada de un acetato de los Beatles, finitos rostros que parec\u00edan escurrirse, la piel rugosa de un elefante, la hierba, la espuma, la sangre o la escarcha filosa de los volcanes. Y as\u00ed se pas\u00f3 toda la madrugada recorriendo una historia de geograf\u00edas que flu\u00edan en su memoria dactilar, todo lo que ahora era solo el reflejo mudo de lo que fueron sus manos.<\/p>\n<p>Su congoja m\u00e1s grande la ten\u00eda cuando quer\u00eda tomar un l\u00e1piz o cuando quer\u00eda cambiar la p\u00e1gina de un libro. Sus bienes m\u00e1s queridos, una biblioteca que cubr\u00eda toda la pared de la sala, empezaban a verse como un museo. Entonces se acercaba como detenido en una vitrina de un almac\u00e9n muy antiguo y acariciaba el lomo de alguna enciclopedia o un volumen del Quijote matizado por los suaves impulsos de Dor\u00e9. Cerraba los ojos y con las dos manos estiradas trataba de sentir el pulso de las palabras.<\/p>\n<p>Pero el problema no solo era el tama\u00f1o de las cosas sino que mientras le crec\u00edan las manos tambi\u00e9n aumentaba su fuerza, as\u00ed que deb\u00eda hacer un ejercicio diario de presi\u00f3n para no destruirlo todo. Cuando la tasa de caf\u00e9 se hac\u00eda mil pedazos y se chamuscaba las piernas, en un ataque de ira pensaba que ser\u00eda mejor no tener manos y se ve\u00eda con un cuchillo cercen\u00e1ndolas en la cocina, pero luego se daba cuenta que era demasiado cobarde como para cometer aquella auto-contusi\u00f3n. Igual, despu\u00e9s de aquellos eventos le hab\u00eda tomado cierto cari\u00f1o a sus manos, las miraba con los ojos que una madre mira a un hijo enfermo. Entonces las colocaba sobre una toalla de algod\u00f3n y las acariciaba. Primero la derecha con la mano izquierda y luego la izquierda con la mano derecha. Tal vez crec\u00edan por falta de cari\u00f1o, fue la idea que aquel catedr\u00e1tico jorobado se llev\u00f3 a la cama esa noche de abril.<\/p>\n<p>A la semana siguiente se coloc\u00f3 unos guantes con la excusa de una alergia y tom\u00f3 las medidas consecuentes sugeridas por un excelente cirujano. Pero sab\u00eda que esos paliativos no resolver\u00edan el problema y tarde o temprano todos se dar\u00edan cuenta. Esa tarde sali\u00f3 de la universidad y camin\u00f3 por las calles desoladas. Se meti\u00f3 en un callej\u00f3n y sin propon\u00e9rselo termin\u00f3 en un bar de mala muerte. Una bailarina ya mayor se mov\u00eda con desgano en la pista. Parec\u00eda repasar un cortejo que hab\u00eda aprendido hace muchos a\u00f1os y que repet\u00eda sin mirar a una clientela t\u00edpicamente miserable. El bar-tender era un hombre gordo con un delantal percudido y lleno de manchas. El hombre que le crec\u00edan las manos pidi\u00f3 un litro de cerveza y sinti\u00f3 el olor de abandono y creolina tan propio de esos lugares. Cuando le llevaron la botella junto con una cacerola de man\u00edas se sinti\u00f3 mejor, entre sus dedos aquel embace adoptaba un tama\u00f1o normal y bajo esa lumbre mortecina nadie miraba a nadie y tampoco hac\u00edan preguntas.<\/p>\n<p>El \u00fanico cliente, de unos cincuenta a\u00f1os, estaba en una mesa de esquina y se tomaba un trago. Se levant\u00f3 lentamente, llevaba una gabardina ra\u00edda de color negro, pag\u00f3 y antes de salir lanz\u00f3 una moneda a los pies de la mujer que se quitaba la lencer\u00eda. \u00c9sta le simul\u00f3 una sonrisa m\u00e1s de resignaci\u00f3n que de agradecimiento y recogi\u00f3 la limosna.<\/p>\n<p>La bailarina, al tanto de que era el \u00fanico cliente, se fue acercando mientras balanceaba el torso sobre la cintura blanca y el hombre que le crec\u00edan las manos pudo ver un diente de plata que brillaba bajo las luces de un viejo reflector.<\/p>\n<p>Nunca pens\u00f3 terminar en un lugar como ese haciendo eco a las insinuaciones de una mujer de la tercera edad. Y por un momento le pas\u00f3 la idea de que pod\u00eda ser el personaje de una f\u00e1bula, pero no pudo recordar ninguna que estuviera ambientada en circunstancias tan s\u00f3rdidas. Entonces solo se dej\u00f3 llevar por un largo pasillo que daba a una pila rota y una especie de cuartucho cuyas ventanas estaban selladas.<\/p>\n<p>La mujer se desliz\u00f3 en su cuerpo esbelto y \u00e9l le correspondi\u00f3 para encontrar sus caderas como si un viejo barco encallara en un muelle sin horcones. \u00c9sta acarici\u00f3 sus manos, lo besaba en el rostro y le dec\u00eda que adoraba a los hombres de manos grandes mientras se deshac\u00eda del liguero con la ligereza de un mago. El hombre se sinti\u00f3 complacido en aquellos brazos, penetrando aquel cuerpo desconocido que de alguna manera tend\u00eda un peque\u00f1o hilo con su existencia, un v\u00ednculo abonado por el desprecio y la derrota. Cerr\u00f3 los ojos y se sumergi\u00f3 en la noche.<\/p>\n<p>Una navaja de luz muy tenue entr\u00f3 sin hacer ruido. Pod\u00eda contemplar el cuerpo de la mujer\u00a0 recostado en su mano izquierda, como en el centro de una ostra. Ten\u00eda el aire de un fauno abandonado en un laberinto. Entonces la vio como una criatura sin futuro que no merec\u00eda seguir sufriendo. Y como si todos los eventos de su vida anterior convergieran en aquel recinto sin luces, en aquella compa\u00f1\u00eda que era como un espejo y como si esa precisa circunstancia lo empujara a realizar un acto que se enraizaba en lo m\u00e1s profundo de su alma, empez\u00f3 a cerrar lentamente su mano de piedra, hasta que en la oscuridad se fue extinguiendo aquel aliento tibio.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Esa ma\u00f1ana despert\u00f3 con una sensaci\u00f3n extra\u00f1a. Sent\u00eda que le hac\u00eda falta algo o mejor dicho, sent\u00eda todo lo opuesto: que algo le sobraba. Encendi\u00f3 la estufa, prepar\u00f3 un caf\u00e9 y contempl\u00f3 el ritmo de la ma\u00f1ana mientras se dirig\u00eda a su trabajo. 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