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Con Schopenhauer en Gendarmenmarkt

Patricia Cerda (2018)

Sentada en un café del Gendarmenmarkt sigo lo que pasa en Chile a través de Facebook en mi celular. Lo tengo encima de la mesa. Es mi forma de estar allá y acá al mismo tiempo. O por lo menos sentir que lo estoy. Un autoengaño idiota. Pero muchos participamos de él. Por otro lado, ¡qué maravilla! Cuando recién llegué a Berlín en 1986 no se podía conseguir un periódico chileno. Venirse era desvincularse. Un poco como quemar las naves.

No solo me muevo en el espacio, también en el tiempo. Estoy leyendo la obra magna de Arthur Schopenhauer, publicada por primera vez en 1818, vale decir, hace exáctamente dos siglos. Schopenhauer llegó a Berlín en 1811 a estudiar filosofía con Fichte y Schleiermacher pero no encontró en ellos el nutriente que esperaba. La forma como enseñaban la filosofía le pareció pobre, capaz de quitar las ganas de filosofar hasta al más talentoso. Vivía aquí cerca, en la Dorotheenstraße 30, en una residencia de estudiantes de la Universidad Humboldt. La vida puede ser vista como un episodio innecesario en la dulce tranquilidad de la nada, leo, subrayo y veo frente a mí los imponentes edificios de inspiración clásica que el estudiante visitaba en sus paseos. Ellos lo han sobrevivido todo. Napoléon, el siglo XX, todo.

No descarto que Schopenhauer haya pasado por esta misma acera en la calle Markgrafen. El Gendarmenmarkt es ahora un lugar muy concurrido por los turistas. Cada tanto pasan buses despacio y una guía con un micrófono en la mano explica algo. La Casa de los Conciertos en medio de la plaza era el lugar en que se reunían los cultivados en el siglo XIX. Schopenhauer era un amante de la música. Lo veo subir elegante las escaleras con alfombra roja. Aunque la alfombra de hoy se ve nueva. Quizás entonces no la había. La música era para Schopenhauer el lenguaje perfecto. Era el medio en que la cosa en sí se expresaba valiéndose de la intuición del compositor y del talento de los intérpretes. Los artistas, en general, eran para él los intérpretes de esa cosa en sí, lo que llamó Voluntad. Ellos son quienes mejor entienden la esencia del mundo. El tema principal del arte es la objetivación de la Voluntad en los pensamientos, sentimientos y acciones humanas. Reviso mi celular para enterarme de los pensamientos, sentimientos y acciones de mis paisanos. Siguen divididos entre izquierda y derecha, como si la tierra no hubiese seguido dando vueltas alrededor del sol desde fines de los ochenta. Quizás por eso mantengo esta rara costumbre de estar lejos.

Su tiempo como estudiante en la Universidad Humboldt terminó abruptamente cuando vio venir la ocupación napoleónica. El cuidadoso Schopenhauer emigró a Rudolfstadt, donde terminó de redactar su tesis doctoral. Siguieron estadías en Weimar y Dresden. Allí finalizó su obra El mundo como voluntad e imaginación. Intuyo su ilusión al ver el libro en los estantes de la casa Brockhaus de Leipzig y la desilusión después, cuando nadie se interesó. Sus lectores aún no habían nacido. Después viajó a Italia. Visitó Florencia, Roma, Nápoles y Venecia. Cuando se le acabó el dinero se instaló nuevamente en Berlín poque le dieron una plaza de Privatdozent en la Universidad Humboldt. Eso fue en 1820. Así volvió a la Dorotheenstraße.

Me llegó un correo de Chile. Vuelvo al ahora, pero no al aquí. Me mandan las preguntas para una entrevista. En su momento las responderé. Sigo atanco cabos. En ese tiempo estaba de moda Hegel. Para Schopenhauer él era un charlatán. Mucho ruido y pocas nueces. En eso se equivocaba. Sí hubo nueces, lamentablemente. Schopenhauer fijó el horario de su cátedra a la misma hora y día en que dictaba la suya Hegel con la consecuencia de que no asistía casi nadie. A esos pocos estudiantes le explicaba que el intelecto era una mera función del cerebro. Puede entender todo en la naturaleza, pero no a la naturaleza misma, como tampoco el ojo puede verse a sí mismo. La función del intelecto no es conocer la esencia del mundo, como sostenía Hegel, sino percibir y entender el mundo de las apariencias (el mundo como imaginación). La esencia del mundo es la Voluntad y ella es irracional e irreconocible.

Nietzsche y Wagner y lo adoptaron como maestro. Lo mismo harían grandes escritores del siglo XIX y XX: Leo Tolstoi, Thomas Mann, James Joyce, Erich Kästner, Samuel Bekett, Boris Pasternak, Ingeborg Bachmann, Thomas Bernhard, Miroslav Krleza, Emile Cioran. En América Latina la resención ha sido floja porque está mal traducido al castellano. Rubén Darío intuyó sus ideas y lo citó en el prólogo de sus Prosas profanas. Rodó, González Ochoa y Borges también se inspiraron en él. Pero habría más seguidores si sus cuatro traductores al castellano no hubieran insistido en traducir Vorstellung por representación. ¡Palabra más difusa! Otra vez reviso mi celular. A veces tengo la impresión de que algunos comentarios de mis amigos de Facebook salen directamente de la voluntad sin pasar por el intelecto. Pero los quiero igual. En ese tiempo Schopenhauer leyó con entusiasmo a Calderón de la Barca y concordó con él en que los males que sufrimos proceden de una raíz ontológica. El mal es la vida misma y el delito mayor del hombre es haber nacido. Así aparece en sus Escritos berlineses.

También yo lo he adoptado. En mi vida faltaría algo importante si no lo hubiese conocido. Tal vez sería la falta de alumnos y los conflictos con sus colegas los que lo impulsaron a emprender un nuevo viaje a Italia en 1822. Esta vez fue una estadía de tres años y cuando regresó a Berlín en 1825 ya no lo admitieron como docente en la Humboldt. Hegel se encargó de impedirlo. Ahora veo al maestro allí en frente saliendo de la Casa de Conciertos. Su mirada es intensa y firme. Todo lo que ve está lleno de significados. La vida se mueve entre el tedio y el dolor. En el camino a su casa pasa por mi lado. Recuerdo un pensamiento suyo que Borges repitió en una entrevista: Si hay un sentido en la vida, este es ético. Por eso el corazón cuenta más que el intelecto, subrayo y vuelvo a revisar mi celular. Tengo un mensaje de mi hija. Schopenhauer está por irse de la ciudad. Hay una epidemia de cólera en Berlín que acaba de llevarse al mismo Hegel. Ha decidido partir a Frankfurt, donde vivirá los 28 años que le quedan de vida. Pido la cuenta. También me voy. Pero del café, no de la ciudad. En Berlín me quedaré todavía un rato largo, pienso, aunque la última palabra la tiene la Voluntad.

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